M.V.M.

No os perdáis:

Creado el
3/12/97.


Más sobre El pianista:

1) Artículo y entrevista de E. Crespo

2) El pianista y la posmodernidad

3) Sobre la película


J. Moreno
Julia Moreno Arce.

Lo que pudo haber sido y no fue

Julia Moreno Arce.


Que nada humano le es ajeno, Manuel Vázquez Montalbán lo demuestra, nuevamente, desde los primeros párrafos de "El pianista".

La condición humana, con la única condición de que lo sea, es el pre-texto que marca, de forma compulsiva, toda la obra narrativa de este autor.

El suyo es un caso de estratégica simbiosis de la escritura con la vida; en todos y cada uno de los personajes de sus novelas se manifiesta él mismo, mientras los construye se re-crea, se mima, se critica, come, cocina, bromea, duerme, sueña, ...se comunica, vive.

El mecanismo de soñar para conseguir, aunque sea sólo de forma virtual, aquello que anhelamos pero que la realidad nos niega, Manuel Vázquez Montalbán lo ha sustituido por el artilugio de escribir, en su caso el deseo a satisfacer: respirar.

Todas sus obras participan, en algún grado, de cuanto sabe de literatura: ensayo, poesía, teatro, crítica, narrativa; quizás ése sea el motivo por el que cuesta tanto catalogar algunas.

Todo se amalgama y confunde, exactamente como se entremezclan en la vida las situaciones, los sentimientos.

"El pianista" es un compendio de todo eso, nos regala en esta obra toda su madurez de escritor, se palpa la poesía en el relato de la escena doméstica -con la que abre la novela- bajo la que discurren las vivencias personales de los personajes; éstos alternan su protagonismo en la escena principal como si de bañistas se tratara: ahora me sumerjo, ahora salgo a flote, me dejo ver, reivindico mi lugar, me vuelvo al seno amable del enmimismamiento.

No puede evitar, ni quiere, extrapolar las circunstancias particulares de los personajes a una época, una cultura, un estrato social... va de lo particular a lo general como el humanista solidario, aunque cínico, siempre sabio, pero entrañable que es.

El elemento femenino debió seducirle muy pronto, conserva en la memoria referentes hacia la madre, las vecinas, una niña, esa señora; como recuerdos que tienen la misma lozanía que los más inmediatos hacia la compañera, las traductoras, las cantantes, las periodistas, las actrices, la señora con niño, las muchachas en flor.

Conoce perfectamente, el atropellado quehacer de las mujeres que se saben ineludibles para su gente; el fustigamiento a que se someten y someten a los demás; con qué tiránica ternura lo hacen, mientras sueñan que: Hawai-Bombay es un paraíso...

A esa poesía amable, contrapone el desgarro de párrafos que son jirones de historia: "Un día nos volaban a Carrero y destapaban el postfranquismo. Otro día un trombo flebítico hacía tambalear la figurilla del dictador y finalmente una gripe". No de la Historia como relación cronológica de eventos, sino de historia personal con vocación de historia común.

Todo cuanto escribe tiene visos de auténtico; no importa si es verídico, lo que hace que penetre en la conciencia del lector no son los datos objetivos, Manuel Vázquez Montalbán es un provocador de recuerdos; el hito histórico pero con aquel olor, con la impresión de pasmo, todavía sin la distancia que todo lo entiende y explica: la memoria, mejor que la historia.

Para ello nos pasea por terrazas, por Las Ramblas, nos regresa al Jazz Colón, al Boadas; para ir de la historia particular a la general, y porque recordar es volver a vivir.

La historia personal que tienen en común todos los personajes de la novela, no es la de los sucesos que compartieron, lo que realmente les une es el proyecto de historia fallido, todo cuanto pudo haber sido y no fue.

Con independencia del "éxito o el fracaso en la vida", el territorio en el que concurren es La Crónica del Desencanto.

Y como el poeta grande que es, su poesía prepara más poesía. A la amable de las primeras páginas, en la que nos habla de lo doméstico y cotidiano, le sucede la de salón, ésa que sirve para enseñar, para lucir habilidades, talento, sapiencia; sin embargo su corazón de poeta se revela en todo su esplendor más tarde.

Decir que -describe- magistralmente la situación de miseria, de decrepitud a que ha llegado Teresa, una situación que hace que brillen por completo la dignidad, la entrega, el respeto, el cariño que le tiene Rosell...no sería hacerle justicia a esos párrafos.

Es mucho más que una brillante descripción, es un homenaje minucioso, a cada gesto, cada palabra de Albert a Teresa; tanto al ungüento y a la colonia que le aplica, como al bálsamo seguro y permanente, en que se ha convertido él para ella.

Conviene resaltar, sobre todo, la poesía que encierra "El pianista" ante otros talentos más frecuentes, y que también practica el autor en esta obra: su conocida capacidad de análisis de la historia; el mestizaje que le permite reflejar cómodamente cualquier estrato social; su solidaria admiración hacia los que ejercieron "La Resistencia", la de verdad, día a día sin ninguna clase de reconocimiento social, la que se escribe en mayúsculas.

En esta obra se yuxtaponen y alternan desordenadamente los tiempos, de forma concienzuda, es decir: intencionadamente. A la poesía se añade de este modo, la música de un tango, bailado como se bailan los tangos -paseo, contra paseo- con un ir y volver sincopado, también cadencioso, como éste que ahora suena.

Ya adivino el parpadeo
de las luces que a lo lejos
van marcando mi retorno

Son las mismas que alumbraron
con su mágico destello
hondas horas de dolor

Pero el viajero que huye...
...

Volver, con la frente marchita
las nieves del tiempo
platearon mi sien.
...


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