M.V.M.

Creado el
10/11/2001.
Más cosas sobre Carvalho:

1) "Un cronista escéptico".
2) Biografía.
3) Los viajes.
4) La cocina.
5) Los restaurantes.


La familia de Pepe Carvalho

QUIM ARANDA

Epílogo conmemorativo del 25º aniversario de Carvalho,
Edición de 1997 de La soledad del manager, Planeta


Una puta, un ex presidiario de poca monta carne de cárcel desde el día en que lo parieron y un limpiabotas fascista y xenófobo, más chulo que un ocho pero que no tiene ni dos hostias. Poco bagaje para una familia. Muy poca gente se enorgullecería de unos parientes así. En cambio, Pepe Carvalho, un hombre sin demasiados escrúpulos, un detective privado al que apenas si le quedan principios, «sólo vísceras en muy buen uso» según decía en sus buenos tiempos, a finales de los años 70, lo pregona sin demasiados ascos. No le gusta, pero no tiene más remedio que admitirlo. Durante mucho tiempo ha tenido bajo su responsabilidad "sentimental y moral" a dos personas además de a él mismo: a la puta y al ex ratero. Y, por añadido, al limpiabotas ex legionario. Él, que alguna vez decidió que no quería volver a tener ataduras de ningún tipo, ahí pillado.
    En los contenedores de la ciudad, moviéndose como se mueve por entre las cloacas, posiblemente sólo podía encontrar desperdicios. Pero con tanta fortuna que encontró desperdicios humanos: Charo, Biscuter y Bromuro, tres personajes para beneficio de un "autor" —Carvalho, no Vázquez Montalbán—, porque existen y son reales en función del y para el detective. Sus deseos han sido durante muchos años órdenes para los tres. Aunque bien es cierto que las órdenes más fundamentales que Carvalho ha dado en los últimos tiempos se referían a qué butifarras comprar para hacerlas con fesols o qué vino debe guardarse en abundancia en la alacena para que ni el cambio de milenio ni el fin del mundo cojan desprevenido a nadie.
    Ahora, sin embargo, las cosas han cambiado. Y mucho. Pepe Carvalho ya no lleva la mejor parte en el asunto. Él se lo ha buscado. Él lo quería así y lo ha conseguido.
    Sólo Biscuter le sigue siendo fiel. Aunque el final de esta ya larga amistad todavía está por llegar y veremos qué pasa. Charo lo abandonó. Cansada de los desaires del detective, se fue a Andorra en otoño de 1990 a gobernar un hotelito desde el mostrador de la recepción. Digno retiro para una mujer como ella, acabar los días haciendo zalamerías ante clientes de fin de semana con niños y parienta, y sin tantas pretensiones como los que antes le tocaron en suerte. Andorra, una huida de anuncio de televisión para respirar aire puro después de años y años tragando toda la mierda del barrio Chino y la que llegaba de otras partes de la ciudad pegada en los calzoncillos de tanto hombre como ha aguantado. Andorra, la escapada de Charo "al sur" que todo bicho viviente anhela. Andorra, triste «lugar del que no quisiera regresar», lugar que todo el mundo busca, por citar al propio Carvalho.
¿Y Bromuro? Bromuro murió en octubre de 1988, cuando ya no podía ser útil a Carvalho. Hasta en su propia muerte Bromuro fue considerado con "Pepiño", como solía llamarle: «Ya no te sirvo como soplón, pues me muero», debió de pensar el viejo broncas del limpiabotas antes de palmarla. ¡Fantasma!
    Tres desperdicios humanos, sí. Pero con nombres y apellidos más allá del mote. Con historias en algunos casos apasionantes y en otros tristes, aburridas. Historias conocidas. Típicas o arquetípicas, como se quiera. Tres seres humanos con más dudas que certezas. Con necesidad de cariño y de que les escuchen y les hagan caso como a cualquier otro ser humano. Y aunque sólo se trate de personajes de novela-crónica metidos a seres reales a fuerza de aparecer en libros y más libros, casi dan ganas de compadecerse de ellos.
    ¿Por qué? Los tres, pero sobre todo Charo y Biscuter, han tenido bastante mala suerte. El detective no es, desde luego, el mejor compañero de viaje posible. Está imposibilitado para muchas cosas. Es incapaz de exteriorizar sentimientos. Es incapaz de decir a nadie que le ama. Es incapaz de soportar la presencia de otro ser humano por más tiempo de lo que dura una opípara comida o un devastador juego sexual con sodomización incluida.
De vez en cuando Carvalho llora, sí. Pero en solitario. Para que no lo vean. Los tres personajes han acompañado al detective y han soportado su egoísmo y su hijoputez desde sus primeras correrías por la Barcelona de los años 70, por la Barcelona de antes de la muerte de Franco. Son tres desclasados, cada uno víctima a su manera y por razones diversas de la sociedad, aunque decirlo sea casi de tan mal gusto como serlo. Y también víctimas de un Carvalho contradictorio hasta la exasperación. «Carvalho, detective privado sin sentimientos ni escrúpulos» podría ser la leyenda de la tarjeta profesional de este ex agente de la CIA, de este ex rojo en los tiempos en que los rojos lo eran de mierda. De este ex de todo lo habido y por haber que durante 1997 celebra 25 años de profesión literaria.
    Carvalho salió de la máquina de escribir de Manuel Vázquez Montalbán entre 1967 y 1971. Un entonces misterioso y aún desdibujado personaje, gallego de origen pero criado en Barcelona, podría haber tenido algo que ver en el asesinato del presidente John Fitzgerald Kennedy, acaecido en Dallas en noviembre de 1963. Unas supuestas y confusas memorias del ex agente de la CIA Pepe Carvalho, que Editorial Planeta publicó en 1972, así parecían confirmarlo. O negarlo.
    ¿Mató o no mató Carvalho a Kennedy? Ni Manuel Vázquez Montalbán debe saberlo. El asesinato de Kennedy y la hipotética participación de Carvalho en el mismo continúa siendo, casi 34 años después, un misterio equiparable al de la Santísima Trinidad, al de las Caras de Belmez o al del penalti de Guruceta.
    Sea como fuere, Carvalho recaló de nuevo en Barcelona, la ciudad donde pasó su infancia, en 1970 aproximadamente, 1971 todo lo más. Entre 1970 o 1971 y 1974 su actividad es prácticamente desconocida. Carvalho no consta en ninguna parte. Ni archivos policiales, ni registros editoriales, ni artículos de prensa. Nada de nada. Misterio y silencio. El mismo que lo rodeaba cuando fue agente de la CIA, según las citadas memorias. Vázquez Montalbán ha privado a los lectores de esa protohistoria de Carvalho en una Barcelona todavía franquista y predemocrática. El autor del ciclo abre el fuego —"no vela fundacional", para decirlo con pedantería de crítico de suplemento literario— durante el mes de julio de 1974, el verano de la tromboflebitis.
La novela Tatuaje —publicada por José Batlló en noviembre de ese mismo año 1974— transcurre durante varios días de julio. Ni Carvalho ni Vázquez Montalbán, sin embargo, hacen la más mínima referencia a la enfermedad del dictador. Franco se moría un día sí el otro no, y Carvalho asistía a esa lenta agonía como espectador pasivo, como si la cosa no fuera con él. Pepe Carvalho, el único español que en esa época no prestaba atención a los partes médicos habituales, a diferencia del resto de españoles, unos porque ansiaban el desenlace final y otros porque lo temían. Pero Carvalho no. Ni lo uno ni lo otro sino todo lo contrario. Siempre como los gallegos de los chistes de gallegos.
    Es en ese clima de ni sí ni no, ni blanco ni negro, durante la aventura de Tatuaje, cuando aparecen por primera vez dos de los miembros de esa "familia artificial" del detective: Charo y Bromuro. Biscuter, fiel entre los fieles, nace a ojos del lector varios años después, en marzo de 1977, aunque ya correteaba junto a Carvalho a finales de 1974 o principios de 1975. Carvalho, un hombre con "demasiada memoria", como no se cansa de repetir, se lo recordó cuando en noviembre de 1980 mataron a Fernando Garrido, hasta aquella época cabeza visible del comunismo euroestalinista español. «Aplica el mismo plan de compras de cuando se murió Franco», le dijo entonces a Biscuter. Y Biscuter, obediente y apocado como siempre, se fue a hacer la compra peleándose por una lata de fabada entre mujeres medio histéricas que creían que se iba a volver a liar como en el 36.
    Veinticinco años después de que Pepe Carvalho comenzó a formar —malgré lui— esa pequeña y extraña familia de desheredados, el balance que ha hecho el detective es más bien patético, lastimoso casi. Carvalho está solo. Apenas si reconoce su ciudad. Biscuter busca sus propias razones para seguir viviendo sin estar todo el día pendiente del detective. Bromuro murió. Carvalho está cansado, muy cansado ante la evidencia de que se ha roto esa «familia artificial que había acumulado, recogiéndola de los containers humanos de Barcelona». Y un cuarto en discordia, su vecino Fuster, que ya no come ni bebe como antes.

Rosario Garcia López, Charo

    Las relaciones entre Pepe Carvalho y Charo han atravesado varios estadios a lo largo de los muchos años —casi veinte— que han convivido hasta su separación, en otoño de 1990. Mientras Carvalho comprobaba una vez más cómo desmantelaban su ciudad para comenzar a edificar la Barcelona del año 2000 por la Vila Olímpica del Poble Nou (El laberinto griego), Charo dio el paso que el detective no se atrevía a dar y desmanteló a su vez una relación marchita y agotada. La mujer, «una puta madura» como ella misma le recordó a Carvalho en su carta de despedida, puso punto final a una historia que comenzaba a cobrar visos de aburrida farsa matrimonial.
    No fue una separación traumática. Amarga, sí, para ambos, aunque creo que más para Charo que para Carvalho, que si la conociera podría haber hecho suya aquella frase célebre de «la historia no es como nos la merecíamos».
    En efecto, probablemente Charo no se merecía acabar de exiliada sentimental en Andorra, un país imposible entre montañas que aspiran a serlo. Pero ¿qué otro final podía esperar Charo? ¿Una vida en compañía de Carvalho en la casa de Vallvidrera quemando sus libros y comiendo sus paellas? Opciones todas ellas altamente improbables porque Charo nunca ha sido receptiva a las enseñanzas gastronómicas de Carvalho y porque, a diferencia de éste, ignora qué contienen los libros y le parece sacrílego quemarlos.
    Posiblemente el detective siempre fue consciente de que la cosa acabaría como acabó: cierre final y traslado del negocio a otra parte por agotamiento de existencias irremplazables. Quizá por eso, y por el cansancio de la mujer, la separación fue relativamente amistosa. Todo lo amistosa que puede ser una separación tras casi veinte años en los que el amor —si es que alguna vez lo hubo— ha dado paso al cariño en el caso de Charo y a la compasión, siempre compasión, en el caso de Carvalho.
    No hubo tampoco escenitas finales. No había lugar. Charo ya había agotado todas sus lágrimas, todos sus cariños y casi todas sus fuerzas. Carvalho, todas sus palabras, sus poquísimas palabras cada vez más escasas y más caras de sentir. «Biscuter le había dado la carta con los ojos nublados y Carvalho no tenía ganas de ver ojos nublados. Salió a la calle razonablemente dispuesto a irse a casa de Charo y hacerle desdecirse...» Pero Carvalho se arrepintió en el último momento, distraído ya «por el anuncio de una exposición de pintura que había en el Centre d'Art Santa Mónica» y por «el tráfico calcuteño que envolvía el monumento a Colón».
    Veinte años de contradicciones resumidos en un paseo hacia el puerto «por si se producía el encuentro con la mujer de sus sueños», que desde luego casi nunca fue Charo. Veinte años en los que en ningún momento le dijo a la mujer que la quería. Si ella decía «Pepe, te quiero mucho», él la despachaba con un displicente «allá tú» que sonaba como un disparo de revólver en una habitación vacía y cerrada a cal y canto durante veinte años más.
    De vez en cuando, sin embargo, hubo sus cosas, sus risas, sus días y sus noches de pasión. Sus fines de semana en Vallvidrera o en Martinet de Cerdanya, las invitaciones en los mejores restaurantes de la ciudad, las salidas al cine. Hubo incluso aquel viaje a París en la primavera de 1990 que Charo recordaba con amargura en su carta de despedida. Viaje que Charo soñaba como un nuevo punto de partida y que Carvalho sabía sin querer saberlo, sin oírse a sí mismo, que era un punto de llegada: «¿Recuerdas lo mucho que hablé, lo poco que tú hablaste? ¿Recuerdas lo feliz que fui, lo poco feliz que tú fuiste?», le escribió.
    ¿Qué debía de pensar el detective durante aquellos largos paseos por los bulevares Sant-Germain y Sant-Michel camino de ida y vuelta al río con Charo cogida de su brazo como una colegiala? ¿O sentados en la terraza de aquel café de Francs Bourgeois mirando a la plaza Vosgues como un torero mira al tendido en espera de aplausos y aprobación? Y mientras caminaban por el Quai de la Tournelle hacia la inevitable visita a la Tour d'Argent, ¿qué pensaba Carvalho? Un Carvalho cada vez más consumido por el tiempo, cansado de soportarse a sí mismo y sin ganas de soportar a los demás. «El tiempo pasa según su ley y sólo puede ser burlada desde la mentira del cine o de las novelas. Pero allí estaba el tiempo, en sí mismo y en Biscuter y en Charo y en Bromuro, y en cada caso traicionaba a sus víctimas de diferente manera.» Carvalho, una cueva en la que refugiarse cuando afuera llovía, el banco de angustia de Charo.
    Agradecida. En el fondo, Charo siempre ha estado agradecida de que Carvalho la tratara con la misma dignidad de ser humano que su oficio le negaba noche tras noche, unas noches más que otras. Dignidad por compasión, pero dignidad al fin y al cabo. Y ella lo sabe, siempre lo supo aunque no siempre quiso darse cuenta: «En el fondo siempre he sabido que me habías hecho caso para no tener que hacerme caso y así no sentirte nunca culpable», le dijo en esa carta final. Agradecida hasta después del final. Además, veinte años no se olvidan fácilmente y Charo tiene todavía algún detalle para con su Pepe. No hace mucho le envió una radio desde Andorra.
    Carvalho y Charo formaban una pareja demasiado convencional para los gustos del primero y demasiado poco convencional para las ingenuas pretensiones de la segunda. Charo, que se ha pasado media vida intentando convencerse de que no era una puta cualquiera y la otra media admitiéndolo sin demasiados tapujos. «Una puta cara de teléfono», eso sí.
    Charo, muchacha frágil de sueños rotos. Con carácter y valiente cuando hacía falta. Pero también a menudo demasiado llorona, demasiado histérica, con tendencia al drama y a montar la bronca y la pelotera. Y Carvalho no ha estado nunca para demasiadas broncas, y menos de sus amantes. En veinte años jamás ha entrado al trapo. ¿Desprecio? No. Desinterés. Más de una vez se ha quedado con las ganas de darle dos hostias, pero siempre debió de pensar en el último momento que ya le habían dado demasiadas. Además, las discusiones de pareja forman parte también de los rituales y las convenciones de pareja. Evitarlas era una manifestación más del estar y no estar, de la contradicción permanente que sacudía al detective, de esa imposibilidad para «ultimar los sentimientos» que siempre ha dejado rígido y empequeñecido el corazón del detective. Cuando había tormenta, muy a menudo, Carvalho seguía la táctica del ofendido: «Si continúas así, me voy» y dejaba la voz cantante a Charo: «¡Eso, ahora vete! Después de no saber nada del señorito durante dos semanas, ahora el señorito se va ofendido porque le digo cuatro verdades.» Y Charo venga a llorar y a llorar, y a decir a su Pepiño maldades y cariños leves hasta calmarse, hasta darse un poco más de tiempo y convencerse de que valía la pena continuar. Como una pareja cualquiera. «Charo no resistió más y acudió junto a él, se sentó a su lado, buscó el abrazo, quiso meterse en su pecho como si fuera una cueva y estuviera lloviendo fuera.»
    ¡Pobre Charo, demasiado expuesta a todo y a todos!
    Y Pepe Carvalho a su lado. Para lo bueno y para lo malo. Sin inmutarse nunca por esos arrebatos extemporáneos de la muchacha.
    Charo, hija de emigrantes murcianos de Águilas, víctima propiciatoria de la historia con background suficiente —aunque desconocido del lector— como para acabar metida a puta sin que nadie se lamente por ello, conoció a Pepe Carvalho en 1971. Hacía muy poco tiempo que el detective había vuelto de Estados Unidos.
    Se conocieron «ante el escaparate de una tienda de maletas» cercana a las Ramblas. «La muchacha ya había dado el salto de puta fija en el Venezuela a call-girl establecida por su cuenta.» Recibía a sus clientes en su pisito, «en el sobreático de una casa nueva construida en el corazón del barrio Chino». Carvalho, sin embargo, borracho la noche del encuentro, la quiso confundir con una cualquiera que hacía esquinas: «Si me equivoco, estoy dispuesto a pagar más», le dijo con chulería de hombre acostumbrado a irse de putas a cuenta del Departamento de Estado.
    Vázquez Montalbán narra el episodio en Los mares del Sur, una aventura que transcurre ocho años después de que tuviera lugar. Flash-back para una de las periódicas y habituales crisis de la pareja. Aunque más que hablar de crisis de la pareja es preciso hablar de crisis de Charo. Es Charo quien sufre, quien se lamenta, quien grita y quien se ha sofocado en los últimos veinte años: «¿Qué sola me encuentro, Pepiño! ¡Qué sola! He pensado unas cosas que me dan miedo, Pepe, te lo juro. Te has cansado de mí porque soy un pendón. Siempre temí que no duraría.» Un poco llorona, sí. Desde luego. Y Carvalho, como siempre, hierático. Como quien oye llover, como si la cosa no fuera con él: «Charo, llevamos así ocho años.»
    Montalbán no aclara, porque no quiere o no sabe, si Pepe Carvalho pagó o no pagó aquella primera noche. Probablemente, sí.
    Y ahí empezó toda la esquizofrenia. Ocho años en 1979. Casi veinte en 1990. Demasiado tiempo incluso para Charo.
    La continua y esquizofrénica transformación de Charo en «novia celosa» de día y «puta cara de teléfono» de noche ha sido, al mismo tiempo, la que ha mantenido la relación medio viva o medio muerta, según se mire y según las épocas.
    El oficio de puta de Charo ha vacunado a Carvalho contra «la tentación de la dependencia». ¿Acaso Charo no era una vacuna contra la humillación? Y a pesar de todo, Carvalho ha sido consciente de la existencia de una «cadena invisible» que le unía a Charo quizá por ese acentuado instinto de compasión que le corroe por dentro y que le hace pensar que «si la dejo se dará cuenta de que es puta y lo será de verdad». Instinto de compasión para el que Carvalho está «mejor dotado» que para el amor, como apunta Vázquez Montalbán en la breve introducción a Tres historias de amor: «Pero en lo que afecta a Carvalho como personaje, el amor se reduce a esa relación de correspondencia afectiva con Charo, correspondencia e impotencia al mismo tiempo de ultimar el sentimiento.»
    Incapacidad para ultimar sentimientos pero no para ser «potencialmente esclavo» de ellos. Y contra eso lucha consciente y denodadamente. Carvalho nunca ha estado para experimentos amorosos: ya sea para salir huyendo con una jovencita en busca de unos inexistentes e inalcanzables mares del Sur —realidad y deseo bien separados en el cerebro del detective— ni para sentar la cabeza con Charo —chimenea por la vía convencional, televisión, etcétera—. Sus únicos experimentos, los gastronómicos.
    Carvalho es un cínico probablemente más débil de lo que quiere aparentar, menos hijo de puta de lo que le gustaría ser, un cabrón egoísta de mucho cuidado pero con un rincón —quizá alguna de esas vísceras también, desde luego no en muy buen uso— donde todavía alberga algo de la humanidad y la compasión que es capaz de ofrecer, sobre todo a esa familia de víctimas y pobres diablos que durante años ha arrastrado con él: Charo, Biscuter y Bromuro.
    ¿Hubo amor entre Charo y Carvalho? ¿Quizá al conocerse? ¿Sexo? Seguro. Pasivo por parte de Carvalho pero siempre cumpliendo con la mujer y el propio orgullo de macho dominado por la solvencia de una profesional. Pero amor... No se daban las famosas condiciones objetivas. En los veinte años de convivencia irregular, nunca se han dado. Atracción animal primero. Compasión después. Más tarde, costumbre. Comodidad. Finalmente, cansancio. Cansancio incluso en la cama donde en los últimos tiempos ni todas las sabidurías de Charo lograban excitar demasiado a un Carvalho necesitado del recuerdo de otros cuerpos más jóvenes, de «una Charo más joven». Una historia nada excepcional. Y un final nada excepcional.
    Carvalho también ha visto su relación con Charo prácticamente en términos contables. En términos económicos. Como si Charo fuese un plan de pensiones de La Caixa: «Había por medio una inversión de afecto que consideraba estúpido regalársela a la nada». Como un viejo matrimonio cansado de serlo pero sin la obligación de la convivencia, de marcar el reloj de las convenciones morales, de mantener el decorado para que los niños crezcan en el error de que las parejas son posibles y lleguen a la condición de pareja con una capacidad de autoengaño que no les servirá, ya adultos, para evitar una tardía pero absoluta sensación de estafa. Pensamientos nada ajenos al espíritu de los que oía en boca de su padre, Evaristo Carvalho, quien en más de una ocasión le dijo con moral de derrotado que nunca se hacía suficiente por los hijos para compensarlos por la "putada" que era haberlos traído a un mundo que tampoco era tal y como lo había imaginado.
    Pero no todo han sido sinsabores para Charo en estos veinte años. Ni todo ha sido egoísmo por parte de Carvalho. Carvalho no sólo ha dignificado la vida de la muchacha, sino que también la ha protegido de clientes rebuscados, corriendo siempre el peligro de traspasar una frontera que Carvalho nunca quiso traspasar: la de chulo. Y aunque en muchas ocasiones ha utilizado a la muchacha para obtener información, también tuvo, sobre todo en los primeros años de la relación, algún que otro detalle para con ella. Cuando se fue a Holanda en julio de 1974 a investigar la muerte de Julio Chesma —el tatuado que había «nacido para revolucionar el infierno»— le compró una chinería. No es mucho. De acuerdo. Pero menos es nada. Y ella más contenta que unas pascuas.
    Algo bajo de forma estaría el detective durante su viaje a Holanda —no precisamente a causa de la tromboflebitis de Franco—, porque mientras consumía los días entre Amsterdam y Rotterdam, viendo de cerca cómo las pasaban putas los emigrantes españoles y todo por ahorrar cuatro cuartos, llegó a pensar que «algún día» se casaría con Charo. Eso sí, cuando fueran viejos, muy viejos. Y a su vuelta de Águilas, diez años después (La rosa de Alejandría), le propuso que se quedara a vivir en Vallvidrera: «Cuelga el teléfono. Unos días. Haz la prueba. Quédate a vivir aquí. Pruébalo.» Oferta que Charo rechazó al mismo tiempo que Carvalho se arrepentía de haberla hecho: «No necesito que me compadezcas.» «Tenía que decírtelo.» Esas dos veces no fueron las únicas en que Carvalho pensó en el imposible matrimonio con Charo o en una unión más estable. Los buenos propósitos le han asaltado periódicamente. Pero siempre ha acabado con ellos.
    En noviembre de 1980, por ejemplo, el mismo día en que volvía de Madrid tras investigar la muerte de Fernando Garrido, Carvalho le daba vueltas a la idea de casarse con la chica: «El día que no tuviera nada que hacer señalaría en algún calendario futuro la fecha de la boda con Charo. Antes del año dos mil, seguro. O dentro de quince días.» Propósitos que siempre han caído en el saco roto de los deseos imposibles de cumplir.
    Con boda o no de por medio, durante algunos años Carvalho sí tuvo asumido qué papel desempeñaba la muchacha en su vida. En alguna ocasión se refirió a ella diciendo que era «como mi mujer».
    Como su mujer, sí. Pero Pepe Carvalho sería calificado por cualquier censor vigilante de las buenas costumbres —convenciones a las que desde luego ni quiere ni puede someterse— como un bala perdida.
    En veinte años, Carvalho no ha desperdiciado ninguna ocasión para echar una cana al aire: ya sea con una adolescente sin padre que la proteja y con una madre a la que aborrece (Jésica en Los mares del Sur), con una militante avant la lettre de la internacional de la pijería (Teresa Marsé en Tatuaje), con una pianista madura pero de bellas espaldas (Joana en Los pájaros de Bangkok), o incluso con una colega de oficio de Charo (la Andaluza en El hermano pequeño), infidelidad minimizada ya por el vacío de ese exilio andorrano de Charo y por la ausencia de voluntad del propio Carvalho: «Dejó que ella se lo tirara, habida cuenta de que estaba bien dotada para hacerlo y tenía algo de legionaria en las maneras, corregidas por un coquetón casco azul de la ONU.» Asalto a un fortín ya con la guardia en retirada que la Andaluza deseaba desde los tiempos de Tatuaje.
    ¿Infidelidad? Una palabra que no existe en el diccionario de Carvalho.
    A Charo, por supuesto, siempre le ha quedado el derecho al pataleo. Ya sea a solas con Carvalho, en medio de la calle, en el despacho ante un Biscuter dispuesto a hacer de mediador como un niño lo haría entre unos padres en peligro constante de romper la baraja, o bien en su casa de Vallvidrera, también a solas o ante el eterno invitado del detective, su amigo de ágapes, el mejor y probablemente único embajador de las excelencias de Villores en el mundo, su vecino y consejero financiero Enric Fuster. Y después del pataleo, la reconciliación.
El matrimonio de felices ancianos entre Charo y Carvalho no será posible. Sólo quedan recuerdos capaces de herir y torturar. Mucho deberían cambiar las cosas desde ahora hasta el año 2000 para que hubiese boda. Incluso para alguien tan bien dotado para la fabulación como Manuel Vázquez Montalbán le sería muy difícil reescribir la historia de Pepe Carvalho para hacer creíble un final feliz. Vázquez Montalbán sigue en deuda con su criatura. También está en deuda con Charo, a quien ese exilio final entre montañas lejos de la mecánica del deshabillé, el preservativo y el excesivo olor a perfume barato no debe compensarle demasiado.

José Plegamans Betriu, Biscuter

Biscuter
Un Biscuter.
Roldán, Carvalho y Biscuter
De pie detrás de Roldán,
Carvalho y Biscuter,
según Alfonso Font.
La misma compasión que demuestra Carvalho con Charo es la que demuestra con Biscuter, alias de primeros tiempos de desarrollismo y últimos de autarquía que condicionará la vida y las maneras de José Plegamans Betriu, el ayudante de todo y para nada de Pepe Carvalho.
    Biscuter, ex ladrón de coches de fin de semana en Andorra y cocinero aficionado con posibilidades de llegar a establecerse por su cuenta en un restaurante de comida casera en los primeros años del próximo milenio. Biscuter, alumno aventajado de las improvisadas enseñanzas de su maestro y mentor, José Carvalho Larios o Tourón. Biscuter, con una historia que recuerda un diálogo de Casablanca en boca del capitán Renault («Ya hemos procedido a la detención de todos los sospechosos habituales»), no pasa de ser un sospechoso habitual, una víctima propiciatoria de la Policía. ¿Qué otra cosa podía ser este fetillo humano sin raza concreta, con fealdad inocente? «Un feto rubio y nervioso condenado a la calvicie», según lo retrata Vázquez Montalbán.
    Biscuter, un hombre enclenque, escuchimizado, un hombre sin razón ni horizonte hasta que encontró a Carvalho. Veinte años de admiración y respeto de este aventajado aprendiz de Watson en historias de misterio sin muchos misterios que resolver. Biscuter, más de veinte años de obediencia y de escuchar con atención. «¡He aprendido mucho a su lado, jefe!» Biscuter, auscultador privilegiado de los latidos de la Boquería, el viejo mercado centro de su mundo.
    Lo más que Carvalho le ha llegado a preguntar en espera de respuesta ha sido si alguien ha llamado al despacho, cómo están Las Ramblas esta mañana o cómo has hecho los riñones al jerez, Biscuter, «que ya sabes que me gustan limpios de grasa y de tendones y cortados en láminas finas». Un día, sólo un día, Carvalho preguntó a su ayudante qué había hecho en los años 40. «Era muy pequeño y estaba en el asilo Durán. ¿O no? Quizá fue más tarde», le contestó. Ni historia ni memoria. Biscuter, «un hombre sin la suficiente entidad para imponer sus historias». Carvalho lo sabe. Le compadece. Y cuida de él sin proponérselo demasiado para no tener que ocuparse de sí mismo, tarea mucho más tediosa y rutinaria, instalado como está en un cierto endiosamiento.
    La de Biscuter es una historia que Carvalho sabe muy parecida a la de tantos y tantos niños de posguerra que corrían sin destino ni esperanza por las estrechas callejas de su barrio. Aunque Biscuter no nació en el Chino. Biscuter, un hombre sin vida privada de la que Carvalho supone acertadamente que carece. El detective, egoísta y egocéntrico, piensa que su vida no tiene sentido sin esa «convivencia mutua» en un despacho cada vez más necesitado de «una mano de pintura y esperanza». Un despacho que se cae a pedazos de cansancio y desconchados, imposible y sin futuro en la frontera de un nuevo milenio que a medida que se acerca oprime más y más el alma de Carvalho. Un despacho que durante veinte años ha sido la única casa que Biscuter ha conocido.
    Carvalho y Biscuter se conocieron en la cárcel de Lérida a principios de los años 60. Carvalho cumplía condena de dos años por rojo, aunque lleno de dudas. Más o menos cuarta caída después de Marcos Núñez. Posiblemente 1959. Biscuter, más acostumbrado a la prisión que a un hogar que nunca tuvo con anterioridad a su adopción por Carvalho, viviendo entre ollas y peroles en tareas de ayudante de cocina, era uno de los pocos presos comunes que tenía contacto con el grupo de los políticos. La cárcel de Lérida era entonces pequeña, mucho más que la masificada Modelo de Barcelona. Doscientos reclusos como mucho. El hombrecillo hizo amistad con aquellos tres o cuatro políticos. El estudiante. Carvalho era el estudiante. Poco a poco su presencia se hizo imprescindible de tanto aprecio como les profesaba. Y viceversa. Les hacía tortilla de patatas, lo único que sabía cocinar con solvencia mientras miraba con interés de aprendiz cómo Carvalho hacía platos más sofisticados con tecnología de antes de la primera revolución industrial: «¡Hasta una bullabesa de chatka hizo usted, jefe!»
    Después de todo aquello Carvalho se fue a Estados Unidos a dar clases de español a una universidad del medio Oeste, y si te he visto, no me acuerdo. Carvalho entró en la CIA, posiblemente el primer y único gallego que ha entrado en la CIA sin que la CIA se diera cuenta. Media vuelta al mundo. Europa, Asia, América. Detective privado en San Francisco. Finalmente, vuelta a Barcelona ante la imposibilidad literaria y real de que haya una ficción de intrigas internacionales creíble y con aspiraciones de bestseller protagonizada por un gallego mestizo. Con suerte, tal y como le apuntó Fuster una vez, acabaría «actuando de extra en una novela de Le Carré». Así es que a Barcelona. A vagabundear de día por las mismas callejas donde nació para poder mirárselas de noche desde la suficiente distancia de una Vallvidrera marfileña. A respirar otra vez bocanadas de infancia.
    Carvalho reencontró a Biscuter «en la calle, a pocas manzanas de la Modelo», a finales de 1974. O quizá fue en 1975. Iba el hombrecillo de aquí para allá, merodeando como un perro extraviado y Carvalho le advirtió que si no guardaba cuidado le devolverían a la jaula. «[...] En cualquier redada caía un Biscuter desempleado, víctima de la Ley de Vagos y Maleantes.»
    Habían pasado doce, trece años desde los tiempos de Lérida. Carvalho le echó el lazo con naturalidad, descuidadamente, sin papeleo de ningún tipo, como antes se ofrecían y se aceptaban los trabajos. «Cuidas de un despacho pequeño. De vez en cuando me haces el café o una tortilla de patatas, que es lo tuyo [...]. Puedes dormir en el despacho, te pago la comida y te doy dos o tres mil pesetas al mes para tus gastos.» Dos o tres mil pesetas, demasiado dinero para los poquísimos gastos de un hombre austero, sin vicios, sin tabaco, sin mujeres que llevarse a la cama.
    El detective conservaba todavía en algún rincón de su paladar aquel sabor a tortilla de patatas de prisión que ni los años en Estados Unidos habían conseguido eliminar. Regusto a mucho aceite de no importaba qué clase, a patatas bien fritas y bien revueltas con los huevos antes de tirar toda aquella masa amarillenta a la sartén, ahora ya con poco aceite. Una vuelta. Otra. Hecha por fuera, crudita por dentro. Lista. Como el hombre del poema de Pavese al probar un mendrugo de pan, Carvalho vuelve a la cárcel de Lérida cuando prueba la tortilla de patatas de Biscuter. Demasiados recuerdos. Demasiada memoria. Demasiada mala memoria hasta en el paladar.
    Biscuter, un niño de segunda posguerra que no cabía en la vida de su madre «como un mueble que no cabe en un piso». Primero con los abuelos. Después al asilo Durán de la calle Vilana. Más tarde a la cárcel. Entrando y saliendo de los quince a los treinta años. Otro desclasado que Carvalho rescata de los basureros de la ciudad. Otro ser humano agradecido a un detective al que le molesta que le agradezcan nada para no sentirse íntimamente en deuda con nadie. Biscuter, el único "familiar" que todavía es fiel a Carvalho pero que ya prepara en París, en sofisticados cursos de cocina, su puente de plata para alcanzar el próximo milenio solo, sin la ayuda de nadie y sobre todo sin la presencia engorrosa de un Pepe Carvalho que agota su tiempo.
    La cocina y Carvalho han dado sentido a la errática existencia de Biscuter hasta el momento del reencuentro. «[...] Gracias a cocinar para usted he descubierto que sirvo para algo», le dijo en una ocasión. Poco a poco Biscuter ha perfeccionado sus maneras de cocinero y ha ganado la confianza de Carvalho. De la tortilla al consomé á la brunoise. Un salto de veinte años. En sus investigaciones Carvalho no ha tenido demasiado en cuenta al pobre Biscuter. Incluso cuando le encargó seguir a Beba Brando en el otoño de 1990 (El laberinto griego) Carvalho apenas se fiaba de él y mientras Biscuter seguía a Beba, Carvalho seguía a Biscuter. El ayudante ha cumplido funciones de puro trámite, como un árbitro suplente en un partido de fútbol de alevines. Biscuter toma esta nota, Biscuter concértame una cita, Biscuter prepárame un café. Biscuter para aquí. Biscuter para allá. Y Biscuter contento. Sin alzar la voz y sin decir nunca ni un sí ni un no. «Yo siempre he sido su brazo derecho, jefe, y eso lo saben en todas las tiendas del barrio. No es que quiera pasar factura, pero todos me comentan: qué suerte tiene tu jefe al contar con un ayudante como tú. Y no me pongo medallas, pero es verdad...»
    No. Biscuter nunca se ha puesto medallas. Es servicial hasta decir basta. Incluso preferiría quedarse sin comer para que comiera su jefe, de quien sólo espera algunas palabras que calmen sus ansias de reconocimiento: «¿Correcto, sólo? Hosti, jefe, a usted hay que hacerle cojones de periquito a la bechamel para que diga ¡buenísimo, Biscuter! ¡De puta madre, Biscuter!» Carvalho ha sido muy exigente en estos veinte años. No le ha regalado muchos elogios. El hombrecillo ha formado parte de la vida del detective como un mueble más de su vetusto despacho de las Ramblas estilo años 40, un mueble apolillado.
    Biscuter, un alma proclive al sentimentalismo y a la tragedia como Charo, por quien sufre tanto o más que ella misma, capaz de llorar tras la lectura de Cuore, De Amicis, de avergonzarse y sonrojarse ante la visión de los pechos de la muchacha, de echar unas lágrimas por una madre a la que no conoció demasiado. Biscuter, un hombre con letra de niño pequeño, con «facciones de hombre que no ha crecido demasiado», con «cabeza de hijo de fórceps» sin más amistades que Charo y Bromuro, sin más referente que su jefe, «mi maestro, el señor Carvalho». Biscuter, un resistente sexual y gastronómico. Biscuter, onanista gastronómico con el tiempo.
    Carvalho cuida de su bienestar material. Le abre una libreta de ahorros en La Caixa, le inscribe en la seguridad social, cena con él algún fin de año, celebra en su compañía alguna comida de Navidad.
    Carvalho ha dejado que el hombrecillo se autoengañara durante los veinte años que llevan juntos. Le ha dejado sentirse necesario, útil, imprescindible al frente del fortín. «Sin novedad en el alcázar, jefe», «acaso le he fallado alguna vez». Incluso le dejaba hacer de madre cuando salía de viaje. «No abuse de los callos. Recuerde lo de su hígado.» O velaba por su economía malfiándose de lo que le podían dar de comer en los restaurantes con la misma desconfianza que tenía Evaristo Carvalho. «Lo del restaurante, jefe. No me convence. Será carísimo y nos darán cuatro porquerías.» Igual que el padre de Pepe Carvalho pero casi cuarenta años más tarde.
    Biscuter dará con Carvalho esa vuelta al mundo final anunciada en Milenio, deuda que Manuel Vázquez Montalbán ha contraído con el fetillo para elevarlo definitivamente a la categoría de leyenda literaria y equipararlo a un nuevo Picatoste de final del siglo XX. Después, con toda probabilidad, las vidas de Carvalho y Biscuter seguirán caminos diferentes. Biscuter se habrá salvado por la vía gastronómica de un destino fatal gracias, en buena parte, a Carvalho y, posiblemente también, a pesar de Carvalho. Biscuter, que encontró una nueva religión purificadora y liberadora entre los fogones. Biscuter, siempre más cocinero que gourmet.


Francisco Melgar, Bromuro

Bromuro es la representación de la paradoja en el mundo de Carvalho. La imagen del vencido, del desclasado con historia y maneras de vencedor. Un viejo broncas, bocazas, que vivió unos años de más en un mundo que ya no era el suyo, que se desintegraba a su alrededor como el de Carvalho se extingue ahora casi de forma definitiva. Bromuro, un viejo soplón, miserable y desgraciado, pero también un «bicho herido y tierno, frágil y sabio». Bromuro, con miedo a morir y con miedo a los cambios que se avecinan. Con la cabeza llena de hazañas bélicas de sus tiempos en la División Azul y de dudosas hazañas sexuales: «Una noche eché seis polvos, Pepiño.» Y Carvalho hacía oídos sordos a tanta retórica de ex legionario —«tanto que se merecen las mujeres y tan poco que tenemos para darles»— mientras calibraba en su interior hasta qué punto aquel desecho humano pudo haber hecho seis veces el amor en la misma noche con la misma mujer.
    «Abre bien los ojos y te hago rico. Abre las orejas, Bromuro, y a ver de qué te enteras.» Información a cambio de dinero. Ese es el pacto. Es lo único que parece interesar a Carvalho del limpiabotas, cansado de la estúpida cantilena bromúrica del viejo, adaptación narrativa de un fait divers entresacado de los mitos del franquismo: «Nos están envenenando. Respiramos y comemos mierda. Lo más sano es lo que cagamos porque el cuerpo nuestro se queda con lo malo y suelta lo bueno. La gente venga a reírse y de uno y venga a llamarme Bromuro porque desde hace cuarenta años que lo estoy diciendo: nos meten bromuro en el pan y en el agua para que no empalmemos, para que no vayamos por ahí jodiendo como locos.» Pacto que Carvalho rompe al darle dinero a cambio de nada. Por lástima. Para pagar alguna extraña deuda con su propia conciencia.
    Bromuro, hipotético mercenario de la guerra de Biafra si hubiera llegado a tiempo, convencido de una causa que nunca fue la suya aunque siempre creyó lo contrario. Más todavía desde aquel 26 de enero de 1939, cuando entró en Barcelona con el general Yagüe y pensó por un momento que la ciudad estaba a sus pies y que él era uno de sus amos. Engañado por los que un día fueron sus camaradas de armas, marginado final de asilo sórdido sin tener dónde caerse muerto ni pensión que cobrar porque no hay jubilación para los que pierden el tren de la historia. De nuevo el detective Pepe Carvalho, metido a samaritano sin saber por qué, acude en ayuda de uno de los miembros de esa extraña familia y paga la mitad de la deuda que tiene el limpiabotas con su patrona de la miserable pensión donde malvive y guarda sus cosas en la calle Conde del Asalto, cerca de Peracamps.
    El caballero legionario Francisco Melgar, ex presidiario, limpiabotas del sur de las Ramblas, confidente de Carvalho y colaborador de la Policía, murió una mañana del mes de octubre de 1988. Al amanecer. Como si fuera un héroe pero sin serlo porque murió en la cama de Carvalho, devastado por una anemia, mal afeitado y en la cara las huellas de tanto alcohol como había bebido. Cirrosis de vino peleón. Que ya se lo decía Charo a Carvalho aunque no quería hacerle ni puñetero caso:

    «—Pinta mal, Pepe. Se va a morir, Pepe.

    —¡No! —Un no irracional y seco, como si la idea de la posible muerte de Bromuro fuera una idea agresiva contra él. Por un momento trató de imaginar su mundo afectivo sin Bromuro, y no pudo—. Qué coño se va a morir Bromuro.»
    Su muerte fue la última información que Bromuro dio a Carvalho. Una advertencia con los dos pies en la tumba: «Ten cuidado, Pepiño, el próximo puedes ser tú.» Carvalho quiso pagar, como siempre, esta vez con un pequeño homenaje póstumo de escenografía fascista algo desfasada.
    Los lectores tuvieron conocimiento de la existencia de Bromuro en julio de 1974 (Tatuaje). Vázquez Montalbán hizo del limpiabotas el contacto necesario entre Carvalho y el mundo del hampa. Es la punta del iceberg de ese mundo al que pertenece de pleno derecho. Los dos personajes se conocieron en la Modelo, a principios de los años 60. Bromuro vivió en los bares y los aledaños de la plaza Real y durante años creyó, no sin razón, que aquello era el centro del mundo: «Antes se sabía todo lo que pasaba en Barcelona desde estos cien metros en los que yo me muevo. Pero ahora es imposible. Para mí, uno de Santa Coloma es del extranjero, ¿me explilco?»
    Sí se explica, sí. La ciudad cambia sus formas, rectifica sus pliegues. Ya no queda lugar para el limpiabotas. Los "moritos" y los "sudacas" son los amos del hampa ahora. Triste final para un delincuente de poca monta, xenófobo y más español que el emigrante de Juanito Valderrama.
    En los cinco años que transcurren en tiempo carvalhiano entre Tatuaje (1974) y Los mares del Sur (1979) Bromuro pierde progresivamente sus fuerzas, adquiere conciencia de hipocondríaco: «Que estoy mal, muy mal», se queja. «A ver si te enteras. Los riñones de corcho, el estómago de mierda y mira qué lengua.» Papel de vidrio del número seis.
    En unos pocos años más acabará convertido en un pingajo de sí mismo. Cuando Carvalho volvió de Águilas a principios de 1984 (La rosa de Alejandría), la Policía no le respetaba como antes. Nunca fue nadie pero entonces aún menos. Se lo torearon. Un niñato, un mocoso de mierda. A él, que «había entrado con el general Yagüe en la liberación de Barcelona» y que había combatido con Muñoz Grandes, «el general más grande que ha tenido España». Un «teniente joven de esos que se han sacado de yo qué sé dónde» acabó con el poco orgullo que ya entonces le quedaba: «Todo lo he perdido en una noche, Pepe. Ya puedo morirme. [...] No me merezco que te fíes de mí, Pepiño. No soy nada. Soy un mierda. Me he dejado los cojones en comisaría. Se me han caído al suelo como dos pingajos secos, como dos pieles de níspero.»
    Vázquez Montalbán y con él Carvalho —qué remedio— se apiada de él en el último momento. «Quiso hacer algo simbólico que pudiera complacer al viejo limpia y a él consolarle y salió al jardín a buscar cinco rosas, aquellas cinco rosas que Bromuro había cantado tantas veces en su juventud falangista.» Al morir, el viejo tenía sesenta y seis años.

Enric Fuster

Enric Fuster
Éste es Enric Fuster (Foto Hado Lyria)
Fuster, vecino de Vallvidrera, amigo de Pepe Carvalho, es el miembro más convencional de la peculiar familia del detective. Aplicación arriesgada del término que sólo vale si se considera convencional saludar con entusiasmo de colegial la celebración de cuchipandas gastronómicas entrada la madrugada.
    En todo caso, Fuster es el único de los "familiares" de Carvalho que observa la ley con estricto respeto y —al menos, aparentemente— de vez en cuando le recuerda obligaciones tales como sus deberes impositivos para con Hacienda, para con la Seguridad Social e incluso para con él mismo cuando tiene alguna factura pendiente de cobro.
    Como el detective, Fuster también es «comedor, bebedor y solitario» y ambos se dedican a onanistas competencias gastronómicas los fines de semana. Carvalho, que sancionó la tortilla de patatas como la única especialidad posible de Biscuter, sentencia que «la paella de conejo sin apenas sofrito» es el plato fuerte de Enric Fuster, un personaje sin mucho pasado que cumple con cuatro frases justas el poco papel que Vázquez Montalbán le ha asignado como interlocutor de Carvalho en el mundo opuesto al de Bromuro, Biscuter y Charo. «Cada vez que me invitas a cenar en realidad te estás desafiando a cocinar y cuando tú cocinas es que estás neurótico, obsesionado por algo que no digieres bien.» (El laberinto griego)
    El «gestor latinista», como lo describe Vázquez Montalbán, abogado y asesor financiero de Carvalho, huido en la frontera de los 20 años a Barcelona, París y Londres en viaje de estudios, es de cultura mestiza y de amplia y honda memoria, como el propio Carvalho. Sólo así se entiende que recite fragmentos de Ausiàs March, de de Julio César y que cante canciones de Concha Piquer o jotas de la raya entre Aragón y Castellón, de donde es originario. Fuster, para más señas nacido en Villores, rincón privilegiado del Maestrazgo, de hecho único rincón del mundo cuyas excelencias vende el gestor a Carvalho como un mayorista de tour-operator vendería fines de semana en Cancún en un congreso de futuros recién casados.
    El vínculo entre ambos es de una honestidad y sencillez inigualable. Vecinaje y cocina. Seducción garantizada sea la hora que sea, como se puede leer en La soledad del manager, primera de las apariciones del gestor en la serie:
    «Tras cuatro llamadas, una luz de sobresalto precede la aparición de Fuster. [...]
    —Vaya horas! ¿Un incendio?
    —Un salmis de pato. [...] El bicho no es muy grande, pero no me lo voy a comer solo. [...]
    —¿Pato joven?
    —Un patito.
    —¿De confianza?
    —De absoluta confianza.
    —Vete abriendo las botellas de vino que voy para allá.»
    Y después de la cena, la recompensa del comentario, una sentencia definitiva: «Gracias, Pepe. Has devuelto una noche a mi vida. La hubiera pasado tontamente durmiendo y la he llenado de vida.»
    Pero tales arrebatos eran antes, a finales de los 70 y principios de los 80 cuando Carvalho y Fuster eran jóvenes. Borracheras como las de ambos junto con el profesor Sergio Beser en Los mares del Sur han pasado a la historia del paladar del detective. Ahora el gestor «está muy asustado porque todos sus amigos van teniendo infartos de miocardio. Es imposible emborracharse con él». Qué tiempos aquellos en que Fuster pensaba encargar un buey entero, por supuesto de Villores, para que Carvalho lo congelase en un congelador que compraría especialmente para ello y así disponer de un carpaccio ajustado a paladares delicados. Borrachos. Diálogos de borrachos siempre en trance de trascendentalizar las únicas verdades que admiten, sobre todo Carvalho, que mientras cena con Fuster no se inmuta por una entrada de tormenta de Charo en medio de unos espaguetis a la Annalisa: «Pasarían cien años, volvería una noche a Vallvidrera y os encontraría a ti y a éste mirando el color de un vino y hablando de un plato raro. Ya puede hundirse el mundo, ya, que como vosotros tengáis una receta nueva os pillará guisando.»
    Las entradas en escena de Fuster forman parte del ritual carvalhiano. Festival completo: explicación culinaria, quema de libro en la chimenea, cena, discusión filosófico-gastronómica, evocación de Villores y sus trufas, borrachera al límite.
    Carvalho se escucha a sí mismo a través de las sabias palabras del gestor abogado... Nuevas reflexiones del detective al evaporarse los alcoholes y los sabores. Mañana por la mañana.


Más cosas sobre Carvalho:

1) "Un cronista escéptico".
2) Biografía.
3) Los viajes.
4) La cocina.
5) Los restaurantes.