M.V.M.

Creado el
13/10/2001.
Más sobre Asesinato en el Comité Central:

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Epílogo por Rafael Ribó a

Asesinato en el Comité Central

Epílogo conmemorativo del 25º aniversario de Carvalho,
Edición de enero de 1997, Planeta.


He recibido con ilusión el encargo de comentar este libro de mi buen amigo Manolo, pero anticipo mi incapacidad para reunir anécdotas o para realizar una tarea literaria. Incluso al ponerme en este trabajo advertí que mi copia había desaparecido de mi biblioteca, lo cual indica que debí prestarla a alguien y, como suele ocurrir, aún no me la han devuelto. Me he visto obligado a releer el libro, también de prestado, entre otras cosas porque no recordaba muchos detalles de la novela y corría el riesgo de mezclarla con una vaga idea de una mala película que se basó en aquélla. De todas formas puedo citar como testigo directo la conocidísima anécdota de Santiago Carrillo en plena reunión del Comité Ejecutivo del PSUC, con la presencia también de Manolo Vázquez Montalbán, por aquel entonces miembro del mismo. En plena reunión se apagaron las luces, Santiago fumaba un cigarrillo, como de costumbre, por lo tanto el punto de luz de la colilla podía ser también un indicador para un objetivo asesino. Santiago exclamó: «¡Manolo, quieto!»
    Quizá con la ilustración de alguna anécdota más quisiera hacer dos reflexiones; la que atañe a Manolo como militante, y la de Manolo como novelista analista. Como ya he dicho, Manolo fue elegido miembro del Comité Ejecutivo del PSUC para encargarse de Cultura. Precisamente me sucedía en el cargo (creo que fui yo mismo quien lo propuse) tras los tres años que yo había ocupado aquella responsabilidad tras suceder, a mi vez, a Jordi Solé Tura.
    Manolo era, y en cierta forma continúa siéndolo, un sólido militante. Quiero recordar su muy lejano ingreso en el PSUC en las épocas duras de la clandestinidad, y su encarcelamiento en la prisión de Lleida, al igual que el de su compañera Anna Sallés a partir de una valiente y coherente actitud democrática. Sin lugar a dudas, tanto en sus escritos como en sus actuaciones Manolo mantiene hoy una firme actitud de convencimiento de la necesidad y de la posibilidad de la lucha por la emancipación de los seres humanos.
    En su dimensión de militante activo y miembro de los órganos de dirección, no me resisto a dejar de recordar aquellas largas sesiones de Comité Central en las que Manolo a veces escuchaba "clandestinamente" la radio para saber el resultado del Barça, o aquellas en que producto de su explicable desinterés por lo que se discutía caía en un profundo sueño incluso imaginablemente orquestado con algún ronquido.
    Su militancia es connatural con una posición crítica, desde la heterodoxia, una heterodoxia real. Téngase presente la cita que utiliza al principio de la novela, de una reflexión de Irene Falcón recogida por Jorge Semprún en la autobiografía de Federico Sánchez. En su día a mi me entusiasmó la crítica de Federico Sánchez y reconozco que fui lo suficientemente torpe como para comentarlo con algún otro dirigente y recibir una reprimenda por respuesta. Recuerdo cuando desde la Comisión de Cultura propusimos un ciclo de debate (que se celebró con gran éxito en el Colegio de Abogados de Barcelona) y nos pareció que también debía participar Fernando Claudín. En aquella ocasión se evidenció que existe una ortodoxia fruto de la falsa prudencia del dirigente, que no es patrimonio exclusivo de los que mantienen reiteradamente posiciones más cerradas. Como le gusta citar a menudo a Manolo, se nos pretendió silenciar con algo similar a aquella frase que se aplicaba al disidente: «Compañero, te vamos a hacer la autocritica.»
    En su trabajo político orgánico, al igual que hoy en su creatividad política y social, Manolo siempre se ha sentido enraizado en Cataluña. Manifiesta así una singular respuesta a la aparente contradicción de su expresión literaria en castellano en una sociedad como la catalana. Carvalho acude a Madrid para investigar el asesinato de Garrido, por encargo. Pero lo hace con mucho recelo hacia el centralismo. Manolo recomendaría el pa amb tomáquet y el Barça como un buen antídoto.
    Políticamente, y en un plano de más actualidad, es también asombroso comprobar la vigencia del análisis que hace sobre la existencia de los partidos comunistas. Son muchos los elementos de análisis contenidos en aquella novela que hoy son de plena actualidad, como por ejemplo la polémica sindical. Pero el que más me interesa destacar aquí es el de la crítica del instrumento partidista comunista. Carvalho les advierte a sus contratantes, los dirigentes del PCE, que quizá sin que ellos lo sepan, y a pesar de fuertes empecinamientos de algunos dirigentes, el partido también está en evolución. El detective les advierte de que están en proceso de "un injerto liberal". Supongo que el autor lo dice en el mismo sentido en el que apareció una vez en un spot electoral del PSUC hablando con una enorme fotografía de la reina Isabel de Inglaterra a sus espaldas. Y entonces Manolo decía: «Yo también voto al PSUC porque en el fondo soy un liberal».
    Fijémonos en la alegoría del título de la novela, en el concepto de asesinato. No se utiliza aquí con ningún contenido descalificador o de represión al antiguo estilo. Manolo escribe la novela precisamente cuando muchos, como él, creíamos que "Garrido" era un obstáculo objetivo para el desarrollo de una operación política más adecuada a las necesidades de las izquierdas. Él mismo apunta la excesiva dependencia de una orientación francófona (Marchais, etc.) por más declaraciones italianizantes que se hicieran. En definitiva critica la ligazón de los dirigentes, incluso por razón de residencia en el exilio (cosa que no sucedía así en el caso del PSUC), con las respuestas culturales de la burocracia. Las apariencias una vez más (como comentaba en el tema de las heterodoxias) engañan. Decía Terracini que es más fácil cambiar una línea política que cambiar un equipo dirigente. Y éste había pasado de forma inmutable por el comunismo, las consignas de unificación con los socialistas, la estalinización y la guerra fría, la desestalinización, el eurocomunismo, etc. Cabe señalar también que desde el PSUC, o no se conseguía cambiar la situación o se acataba con cierta impasividad estéril el status quo. Está claro pues que en este caso se utiliza "el asesinato" como única vía aparente para superar el tapón que impedía le evolución.
    Se trataba pues de conseguir la desaparición de aquel que en el libro se le califica de tirano científico. Pero la alegoría va más allá; se trata de superar la nostalgia, desde la crítica, desde una vieja cultura para la emancipación. Ésta no avanzará por más apelaciones que se hagan a la vanguardia de la clase obrera. Uno no se puede quedar instalado en la idea de que prefiere equivocarse creyendo ingenuamente que tiene tras de sí a la clase obrera. ¿Cuántos partidos comunistas se proclamaban, y algunos aún se proclaman, representantes exclusivos de la clase obrera, contando tan sólo con ínfimos porcentajes de apoyo electoral? Si uno no cae en esta cuenta elemental puede quedarse muy tranquilo en la vacuidad del análisis, y por lo tanto instalarse en la inutilidad objetiva. Se trata, por el contrario, de ir abordando en constante evolución los retos cambiantes, sin renunciar a los principios pero innovando de forma valiente las concepciones y los programas.
    Como escribe Manolo a través del puño de una carta del dirigente del PCE José Santos: «Hemos sido excepcionales... alternativa al revisionismo socialdemócrata, tuvimos que apechugar inmediatamente con la lucha contra el fascismo, pasamos a ser un movimiento oculto ferozmente perseguido, condicionado por la represión nacional y la bipolarización de la política mundial, hemos salido a la legalidad proclamando la libertad como un instrumento revolucionario pero lastrados culturalmente por una historia de excepcionalidades y supervivencias. Tal vez habría que hacer una tabla rasa y dar sentido al futuro del movimiento comunista más allá de las promociones educadas en la resistencia y en la autorrepresíón y no en asumir un proceso de construcción del socialismo en libertad, con las armas de las libertades y de la energía histórica de las masas. Los dioses han muerto pero los sacerdotes hemos quedado... Afortunadamente el socialismo queda como proceso y como objetivo emancipatorio de los hombres y los errores de los partidos como el nuestro son errores instrumentales que no invalidan el sentido progresivo de la historia, el sentido progresivo de la emancipación humana contra todas las limitaciones.»
    Ello entronca de pleno con los últimos quinquenios de polémicas y contrapolémicas en el seno de los partidos comunistas, de los ex comunistas, de los socialistas, de todos aquellos que enfocan de verdad su renovación para continuar participando en esta gran aventura que es la transformación igualitaria de la sociedad. Porque como dice otro dirigente en la novela, «un buen comunista no es sólo aquel que se parte el pecho contra la burguesía y se llena la boca de palabras como dictadura del proletariado, sino aquel que tiene visión de conjunto de lo que pasa y de lo que debería pasar en beneficio de la clase obrera».
    Me atrevo a afirmar que la vigencia del análisis de Manolo está presente reiteradamente en sus columnas periodísticas. Hay quien dice que el más amplio de entre las izquierdas es el partido de los lectores de la columna semanal de Vázquez Montalbán. Por fortuna hay otras columnas que también enriquecen, contra modas y corrientes dominantes, el acervo cultural de los que no creemos en el pensamiento único neo-liberal. En cualquier caso agradecemos, y yo singularmente agradezco, la influencia constante de Manolo. Lo digo y lo expreso tanto en su dimensión política como en la lúdica. Dialogar con Manolo es un festival para el cuerpo y para la mente. Porque es evidente que la revolución también es un proceso de celebración humana.


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