M.V.M.

Creado el
13/10/2001.
Más sobre Asesinato en el Comité Central:

1) Epílogo de Cristina Almeida
2) Epílogo de Gerardo Iglesias
3) Epílogo de Rafael Ribó
4) Epílogo de Ramón Tamames
5) Reseña de Joaquín Marco
6) Reseña de Javier Pradera


Epílogo por Santiago Carrillo a

Asesinato en el Comité Central

Epílogo conmemorativo del 25º aniversario de Carvalho,
Edición de enero de 1997, Planeta


Con ocasión de su reimpresión, la Editorial Planeta me pide un comentario a este libro, atendiendo al deseo del autor. Tratándose de Manolo Vázquez Montalbán, por más de una razón, no puedo negarme. Pero los nombres que ha escogido para solicitarles un comentario semejante —Ribó, Tamames...— confirman una vieja idea mía: que el escritor escogió la forma de la novela policíaca para elaborar un libro político. Si el género se ha prestado a estupendas novelas de crítica social, que yo sepa, nunca se había utilizado para mediar en una polémica interna del partido.
    A nadie —ni al autor— podrá extrañar, pues, el reconocimiento de que cuando se publicó lo sentí como una auténtica puñalada. La que recibió físicamente Fernando Garrido iba dirigida políticamente contra mí.
    No me gustó el libro entonces y además debo confesar que no me gusta el personaje de Carvalho, como héroe literario; puede que sea un buen detective, pero políticamente es un aventurero, cínico y golfo, tan gourmand como gourmet, y además inclinado al chuleo. Incluso no terminé de leerlo, al extremo de que no llegué a enterarme de quién asesinaba al secretario general y años después todavía le pregunté al autor si había sido la CIA o el KGB.
    No me gusta Carvalho y, sin embargo, me gusta Manolo Vázquez Montalbán como escritor, como hombre fiel a posiciones de izquierda y hasta como persona, en la medida en que le he tratado. Recuerdo que mi primer conocimiento de él fue a través de la sección que publicaba en Triunfo —la capilla Sixtina— bajo la firma de Sixto Cámara que leía con fruición en aquel tiempo. Por entonces nos conocimos también en una de aquellas reuniones clandestinas que celebrábamos en París.
    Poco después de publicado el libro nos encontramos casualmente en Dubrovnik y le invité a cenar marisco del Adriático en un restaurante de aquella hermosa ciudad, a la que sólo faltan los canales para hacerte vivir la impresión de que estás en Venecia. No recuerdo ya de qué hablamos aquella noche, ni creo que para mí fueran importantes los temas de conversación; lo que me interesaba era mostrar a Vázquez Montalbán que seguía respetándole como escritor y como camarada, a pesar del asesinato.
    Pero en aquel tiempo la novela —libro político— me cayó mal. Manolo terciaba en el debate —al menos así lo entendía yo— como un "renovador de izquierda" —también los había de derecha—, un comunista iconoclasta con cierto tinte libertario, que en ese momento aportaba el refuerzo de su excelente pluma a una operación contra el eurocomunismo.
    Tal como yo veía las cosas Vázquez Montalbán daba una mano al frente antieuro que estaba formándose entre renovadores de derecha y de izquierda, prosoviéticos dogmáticos y simples aspirantes a trepar hacia la dirección del partido. Yo pensaba ser uno de los que veían con más claridad el futuro, al plantear la necesidad de una nueva formación política que uniera las fuerzas de izquierda, lo que a mi juicio exigía no empezar destruyendo al PCE eurocomunista. Seguramente no acerté, pues no logré colocar esa idea en el centro de la actividad del partido hacia el futuro. Pero si algo puede aminorar mis errores fue el sinsentido de la operación vasca dividiendo el partido para incorporarse a una Euzkadiko Esquerra que terminó disolviéndose en el PSOE; o el otro sinsentido de enfrentar al PSUC con el PCE, rechazando el eurocomunismo; o la operación de las "células comunistas" de las que luego surgió el PCPE montada por la Embajada soviética, que en las elecciones del 82 dio la consigna de votar al PSOE.
    Ahora, al recibir la petición de Editorial Planeta he vuelto a leer la novela, hasta el final. Habiendo quedado atrás el período de crisis interna en que se publicó pierde algo de su carácter de libro político y puedo verlo más como novela. Así llego a deducir —sin pararme demasiado en la caricaturización de los defectos del PCE de entonces y en el desconocimiento de los cambios democráticos que se habían producido ya en sus estructuras— que la conclusión a que en aquel tiempo apuntaba Vázquez Montalbán era la necesidad de una nueva izquierda.
    Pero sigo creyendo que no escogía el mejor camino para lograrlo. Pensar que el asesinato del secretario general, por la mano de un traidor movido por el policía Fonseca-Conesa, con el aparente beneplácito de la CIA y no está muy claro sí también del KGB, que eliminar a los dirigentes veteranos que habían iniciado la apertura eurocomunista abría el camino a la creación de una nueva izquierda, si se juzga por cuanto ha sucedido después, me parece un error manifiesto.
    En la Feria del Libro de Madrid de hace un par de años, un hombre joven todavía se acercó a a caseta donde yo firmaba y, después de recoger mi autógrafo, me dijo estas palabras: «Yo fui uno de los que te expulsó y todavía sigo arrepintiéndome de haberlo hecho.» Recientemente en un establecimiento de Málaga, donde también firmaba libros, otro me dijo algo así: «Lo que no le perdono a usted es haber abandonado la política.»
    Son compensaciones que ofrezco a la memoria de Fernando Garrido, en el 25º aniversario de la aparición de la figura literaria del detective Carvalho.


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