M.V.M.

Creado el
13/10/2001.
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Epílogo por Cristina Almeida a

Asesinato en el Comité Central

Epílogo conmemorativo del 25º aniversario de Carvalho,
Edición de enero de 1997, Planeta.


Siento una extraña nostalgia al releer el libro de Manolo Vázquez Montalbán, que le lleva a repasar situaciones ligadas a mi propia vida, que parecen desaparecidas, pero que adquieren una cierta actualidad morbosa en las vivencias que muchos años después estoy viviendo.
    Andaba este Carvalho entrometido y comprometido investigando un crimen político. Las hojas que leía esperaba que fueran una entretenida novela policíaca, más cercana y amable por nacer de un detective casero, que dice cosas que me suenan; que gusta de cosas que me gustan, y que acerca las lejanas novelas policíacas de otros héroes más históricos en la investigación, a una criminalidad menos agresiva pero investigada con amores y comidas, con besos y vasos, y con libros que se queman en la hoguera como fuego purificador de nuevas ideas.
    Así empecé a leer este libro en su día, como había leído ya otros del mismo autor, en donde me iba enterneciendo la figura de este detective de ayudantes marginales, y de amores entregados por quien a otros cobra por no darles siquiera su amor. Y lo empecé a leer con una curiosidad añadida por el título, y por una cierta sensación de que el título era sugerente en los momentos que estábamos viviendo.
    Pronto esa sensación de curiosidad me fue introduciendo en reflexiones propias, y la investigación de Pepe Carvalho era mi propia investigación. Ya no me importaba el título del libro; sus personajes, encubiertos con otros nombres, se me hacían próximos. Incluso había un cierto juego en darles nombres reales, hacerme una idea de quiénes eran los que se sentaban en cada una de las sillas que podían significar cercanía al jefe, más que cercanía al crimen... Así fue cambiando el escenario, y de la novela pasé a la discusión conmigo misma. Incluso ya me imaginé otro título, que personalmente me gustaba más, porque nunca he tenido conciencia de la maldad personal y violenta, de la militancia comunista, pero sí de la miseria ideológica a que puede llevar la falta de crítica libre, de apuesta por la pluralidad, de respeto a la disidencia ideológica y de miedo a dar el salto para adelante que puede significar la muerte política.
    Por eso, a estos quince años transcurridos desde que el libro se escribió, coincidiendo la fecha del libro con mi expulsión y la de otros muchos militantes que, bien directamente o por solidaridad ideológica y personal dejaron el partido, este libro ha significado un análisis de comportamientos que merece la pena recordar, por si en este recordatorio encontramos, o encuentran otros, o yo sola, o Carvalho solo, enseñanzas de errores que han tenido un duro costo, a veces más que el de una propia vida, si no de muchas ilusiones de vidas que se han truncado por sectarios comportamientos.
    Yo le daría este otro título que me sugirió la lectura del libro, y su relectura actual: Asesinato desde el Comité Central, porque de las contradicciones de un determinado actuar se pueden causar muchos más males que desde la trama más o menos policíaca de una novela de Vázquez Montalbán.
    He llamado al Carvalho de esta novela «entrometido y comprometido», porque desde su papel investigador realiza un análisis comprometido de una difícil situación política. La novela se resuelve en dos páginas: una prácticamente en la primera, donde asesina al secretario general del Partido Comunista, y en otra donde una insignia entregada desde la fidelidad de unas bases dulzaineras, orgullosas de que la lleve en su pecho, es aprovechada por uno de los dirigentes formados en la escuela familiar y de dureza del propio partido para que identifique el lugar del corazón en el que clavar el cuchillo asesino que acabe con el secretario general.
    Esas dos páginas son la novela. Es la trama y es la solución que entrega Carvalho como resultado de su trabajo. Pero yo quiero recordar ahora que, cuando me pidieron que hiciera un comentario a este libro, no recordaba siquiera la solución que le habían dado, porque me había quedado como memoria del mismo la discusión interna que en el libro se refleja, los andares de unos y de otros en los tiempos de la transición, las constantes señales de miedos de unos y otros a no seguir adelante con la democracia, con la presencia de policías de la democracia, que eran parte represiva, en el franquismo, con las tensiones entre el protagonismo socialista y la falta de diálogo sincero entre las fuerzas de la izquierda, los miedos a los protagonismos sindicales, que podían hacer perder el sentido de "correa de transmisión" que muchos deseaban, etc.
    Mi sentimiento del libro tenía mucho que ver con mi vivencia de militante comunista. De militante que había entrado en el partido en el año 1964, en la Universidad, donde eran los únicos que existían organizados para luchar por la democracia y por la libertad. Y que entré en ese partido, pese a lo poco atractivo que me parecieron los dirigentes del aparato. No quiero dar nombres, porque muchos se asombrarían de la situación de cada uno en estos momentos. Entré porque entraba la mejor gente que yo había conocido, y porque la militancia con todas esas gentes era una militancia solidaria, rica en generosidad, libre en opiniones y comportamientos, culturalmente inquieta e investigadora en un mundo de mediocridad cultural, y unida con otras muchas personas de origen social distinto pero con las mismas inquietudes y apuestas de futuro. Por eso entré en el partido y creo que también por eso fui expulsada del partido.
    Y cuando me he puesto a recordar el libro no he podido eludir recordar esa situación política que también repasa ese comprometido detective. Y por eso me vino a la memoria ese otro título que creo refleja más el sentimiento que me produce, porque creo que desde el Comité Central, desde la cúpula del aparato del partido, se pueden generar situaciones que no maten en el sentido literal de la palabra, pero que maten ilusiones profundas, posibilidades de evolución ante las nuevas situaciones que se vayan dando, y que al final supongan una evidente muerte del partido más profunda que la que produce la muerte del secretario general.
    En la búsqueda del posible culpable, Carvalho no tiene que recurrir al hampa, a los asesinos profesionales, a los motivos de venganza o a celos. Para ello cierra las puertas de ese Comité Central y deja dentro sólo a los fieles, a los camaradas de siempre, a los que suman años de luchas, de represión y de cárceles, y a los que con una a veces férrea "educación comunista" han asumido los éxitos y las luchas de sus propios familiares que cayeron en todos esos años. Por eso los hace a todos sospechosos.
    ¿Y cuál es la sospecha que pende sobre todos? El miedo a lo que pueden significar los cambios ideológicos que se están madurando en el partido y que se reflejan en las posturas, entonces llamadas "eurocomunistas" de su secretario general. Y a cada uno les hace confesar sus miedos, que no necesitan las típicas coartadas, pero que todos responden con sus sentimientos de sospechas ideológicas, de no fidelidades personales, de opiniones en contra del secretario general, de votos en contra que rompen la unanimidad deseada para reflejo de tranquilidad, y que es lo que hace sospechar a los unos de los otros.
    Y así vemos cómo justifican su situación ideológica unos y otros. Cómo el que es leninista tiene miedo a que su libertad de serlo le haga sospechoso de ser el asesino del secretario general. El que no es tan eurocomunista tiene miedo de manifestarlo, y traduce sus dudas ideológicas en una sumisión a la dirección. Existen miedos a definirse, por si no aciertan en su definición, y los encuentros con Carvalho, al que piden que los investigue con la esperanza de que al ser Carvalho uno de ellos no encuentre al asesino, se convierten en auténticas discusiones que no se darían nunca en ese Comité Central por miedo a quedar significados en sus propias opiniones.
    Y esa falta de verdadera y libre discusión mata no sólo al secretario general sino al propio partido, que no muere de una puñalada sino de la falta de imaginación y acomodamiento a las nuevas realidades, y de la necesidad de aceptar que los méritos absolutamente heroicos, de un pasado de cárceles y represión, han de convertirse en un trabajo en la legalidad, de encuentros y realidades distintas, de entregas personales y de profundos cambios políticos que generen una integración en la nueva realidad española, hecha en un consenso de todos y para todos, con la generosidad del propio partido y con la exigencia de toda la sociedad.
    Ello se refleja en este libro, donde hay dos finales: el de esta novela, que se resume en los problemas humanos que se le plantean a un joven, hijo de héroes, con dolor de padre y madre que han sufrido la crueldad de la represión; educado por dirigentes de esa militancia comunista que no saben comprender los problemas que se le presentan y que esconde, y a los que le da solución mediante un asesinato por dinero. El otro final, que no está en la novela pero que se conoció después y que afectó a las soluciones que se dieron en esa profunda discusión que se revela como inmediata en la novela, significó en la realidad la caída, no por asesinato material, sino por la errónea y no entendida actuación política del propio secretario general.
    Ante la necesidad de los cambios que se exigían, de los que ya se habían dado y de los que se necesitaban dar, vinieron los miedos, las inseguridades, la necesidad de contar con las fidelidades y no con el riesgo que suponía tirar hacia adelante... No se quería apostar por lo que no se sabía si podría controlarse como hasta entonces se había controlado, y aquel secretario eurocomunista que en lo externo parecía haberse atrevido a romper la "disciplina" de las organizaciones comunistas al fervor de Moscú, en lo interno tuvo miedo de dar esa libertad de discusión, de aceptar otros planteamientos, otras opiniones e incluso a otros dirigentes que podían cuestionar su liderazgo para llevar ese proceso adelante. Y frenó. Y al frenar salieron disparados muchos comportamientos, muchas ideas, muchas personas que eran integrantes de ese proyecto de cambio, y que por apostar por él se quedaron fuera de las puertas de ese cerrado Comité Central.
    Y salieron, salieron muchos, y otros se quedaron tras las puertas de la realidad. En silencio y con miedos, y de su silencio y de sus miedos murieron esperanzas en la sociedad, reproches democráticos que, aunque se quieran ignorar con el desprecio que hemos oído «es el pueblo el que está equivocado», son los medios que en un Estado democrático, aunque con una democracia no consolidada y aunque tengamos que luchar para profundizar en ella, existen para la expresión de opinión que sirve para ganarte el puesto político en el que te sitúan los ciudadanos. Y no quiero ni imaginar que se pretendiera imponer el criterio del partido a la opinión de los ciudadanos, por muy equivocados que se piense que están.
    Y en ese otro final que no está en el libro, que está en la otra página vivida de la historia, fue que el Partido Comunista, en el año siguiente, en 1982, alcanzó el menor respaldo electoral de su historia, llegando al poder el Partido Socialista. A consecuencia de esta situación, el secretario general dimitió, y poco tiempo después abandonaba su militancia comunista y causaba la mayor desilusión democrática que han sufrido sus heroicos militantes. Ese final me parece más doloroso que el de la propia novela, en la que es fácil justificar que haya una oveja negra que se salga del redil, pero que el redil siempre sigue unido.
    Y no puedo dejar esta reflexión sin decir que después de veinticinco años de Carvalho y de quince de su Asesinato en el Comité Central, las historias no se olvidan. Incluso si me apuran, diré que hay momentos que me las recuerdan. Ya no me las recuerdan como militante de ese partido, que dejé de serlo cuando me cerraron las puertas, y que en absoluto me alegré del fracaso electoral del 82, y aposté después en la recuperación de un proyecto distinto que asumía esa voluntad y necesidad de cambio.
    Me lo recuerda la situación de miedo. La tendencia a la no discrepancia, a la uniformidad, a la vuelta al pasado de fe dogmática, al cuestionamiento de los procesos anteriores para volver al más oscuro de los comportamientos de fracaso. Me lo recuerda la intransigencia, la intolerancia, las apelaciones a las equivocaciones de este sufrido pueblo. Me lo recuerda el autobombo de algunos dirígemes, y de nuevo se me reproduce una sensación de peligro en el Comité Central cuando algunos se refieren a sus miembros como "buitres" o "ratas", ante movimientos internos de ruptura de fidelidades aparentes.
    No creo que en este caso, y tras estos años, se tenga que llamar a Carvalho para ver si alguien pone una insignia fluorescente en un pecho de secretario general. Pero tampoco me gustaría que por no saber dar salidas de futuro se vuelva a repetir el segundo final que se dio al primitivo libro. Que los quince años pasados nos sirvan de lección y no cerremos las puertas, porque ya sabemos que no sólo no se cierran a los peligros de los propios miembros del Comité Central, sino que tampoco se cierran al terrible reproche democrático que saben dar los ciudadanos. No vengas Carvalho, no eres preciso. Hemos aprendido a no tener miedo y no vamos a cerrar puertas sino a abrir futuro.
    Un buen final, para una dolorosa experiencia.


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