M.V.M.

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Creado el
2/2/98.


Más cosas sobre Vázquez Montalbán y Cuba.


De misa en misa

MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN

EL PAÍS, 26 / 1 / 1998.


El conservador de La Habana, Eusebio Leal, está siempre dispuesto a recorrer la ciudad con un puntero señalando construcciones, reconstrucciones y deconstrucciones. De momento el puntero se ha aplicado sobre todo a La Habana vieja, uno de esos patrimonios de la humanidad indiscutibles. Pero llueve sobre más interrogantes y sobre la amabilidad de este profesor titular de la cátedra de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana y maestro de Arqueología, dotado de la mejor oratoria de esta isla, de muchas islas. Refugiados en una vivienda más deconstruida que construida, sus moradores mantienen en el interior esa dignidad popular que emerge en las peores circunstancias, me ofrecen la ternura de sus niños que curiosean la retransmisión de la misa desde Santiago de Cuba, café o un jugo, una toalla para secarme las lluvias y asiento a todos los intrusos, aunque Leal recorre La Habana vieja como si estuviera por su casa. Está en su casa. La Habana vieja se reconstruye en parte con los beneficios de negocios de restauración estatales que Leal administra con voluntad de acabar en tres años la reconstrucción del centro histórico dedicado a dos sujetos complementarios: los ciudadanos y los turistas.
Fue en ese domicilio privado de La Habana donde vimos la retransmisión de la misa santiagueña y la alocución vamos a llamarla contrarrevolucionaria del señor obispo que el conservador de La Habana, miembro del Comité Central, encajó sin pestañear, como algo esperable, incluso no exteriorizó su regocijo ante el patinazo obispal de elogiar la etapa de Batista, los años cincuenta, como los mejores tiempos de la Iglesia cubana. Pero de nuevo en la calle, mientras abrazaba a unos y entregaba su mano a todos, Leal se permitió un comentario: «Le hubiera bastado al menos reconocer algún logro asistencial de la revolución, sólo uno. Ha sido una provocación, una inútil provocación». A la espera de la misa culminante del domingo en La Habana, la intervención del obispo de Santiago consigue usurpar el protagonismo pastoral del Papa y no se hablaba de otra cosa en los circuitos y cortacircuitos políticos y periodísticos. Se coincide en que Fidel, cuando pase el cortejo, se va a poner las botas recordándole al obispo de Santiago su versión de la historia real de la Iglesia católica institucional y los desajustes históricos de la intervención obispal. Seis, siete, ocho horas de pedagogía fidelista pueden caerle al señor obispo encima, aunque todo dependa del cálculo de beneficios tácticos que proporcione la réplica o el silencio, a la vista de que el señor obispo o ha jugado por su cuenta o en este viaje juegan distintas partidas la Iglesia cubana y la vaticana.
A la Iglesia institucional cubana le quedaba la intervención del cardenal Ortega en la misa del domingo amenazada por el temporal. El Papa se reserva la última palabra y seguirá fiel a su trayectoria en este viaje: predicar la doctrina de la Iglesia independiente de dónde la predica, hasta ahora desde la evidencia de que Juan Pablo II y Castro no se están tirando la memoria histórica por la cabeza. El Vaticano quiere espacio y el castrismo tiempo, mientras circula por La Habana el mal agüero de que en momentos que insinúan posible distensión con Estados Unidos, algo ocurre para impedirla, sea un acto de sabotaje, sea la debilidad política de un Clinton víctima de sus presuntas implicaciones en el sexo oral o verbal. Me parece excesivo imaginar que las mujeres supuestamente acosadas por el presidente de Estados Unidos, formen parte de un compló tramado por el lobby norteamericano contra Castro, pero en esta sobreexcitada situación marcada por la imperfección de todo futuro, cualquier signo es algo más que un signo, es un ruido. Demasiado centrados los análisis en la valoración de las disposiciones personales, ni Clinton ni Castro ni Juan Pablo II son los protagonistas exclusivos del encuentro en La Habana de tan imperfecto triángulo. Los tres pertenecen más al presente que al futuro y empieza a ser urgente saber no a qué jugarán ellos en los próximos años, sino el Vaticano, las instituciones revolucionarias post o transcastristas y los lobbies norteamericanos que manejan las intenciones de senadores y representantes.
Los semicerrados ojos con los que el Papa ha contemplado Cuba como la isla que faltaba en su colección de viajes misioneros, se llevan el secreto de lo visto y entendido, como los periscopios de los submarinos.


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