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VESPITO.NET

ENTREVISTA CON JORGE SEMPRÚN

EL TRIUNFO DE LOS DEPORTADOS

SOL ALAMEDA

El País Dominical, 5 / 6 / 1994.

Jorge Semprún
Jorge Semprún en 1992.
(Foto Bernardo Pérez).
  Jorge Semprún tiene 70 años y una biografía de película. La aventura, la pasión por un ideal, la capacidad de riesgo, recordarían la historia de Robin Hood si no fuera porque en Semprún el compromiso político añadió algo más a la pura peripecia del aventurero. La tristeza y la complejidad que la curiosidad por entenderlo todo deja en los hombres atraparon a este viejo militante y disidente comunista. Y eso es lo que le aleja de Robin Hood. Por eso sus guiones cinematográficos nunca trataron de la aventura de vivir, sino de lo difícil que es la vida.
  Español que vive en Francia desde los 14 años —salvo el paréntesis en el que fue ministro de Cultura, 1988-1991—, fue comunista durante veinte años, hasta su expulsión, en 1965. Pero también luchó en la Resistencia francesa en la II Guerra Mundial, lo que le condujo a un campo de concentración nazi durante dos años. Allí precisamente vivió el desembarco en Normandía. Ese día supo, a media mañana, que algo definitivo acababa de suceder. La guerra podía tomar el camino de la derrota alemana. Recuerda que su estancia en Buchenwald fue su escena primitiva.
  —Desde el campo, ¿los confinados podían seguir la marcha de la guerra?
—En el campo había una organización clandestina, había una información al día y una escucha permanente de las radios aliadas: Moscú, Londres. También boletines que circulaban entre los dirigentes de los partidos comunistas del campo. Las noticias se conocían una hora después de que sucedieran en el mundo. Ese campo había sido construido para confinar a los presos políticos alemanes, a los comunistas y socialdemócratas, y más adelante se agregaron a él comunistas de otros países, resistentes y luchadores antinazis en general. Cuando yo llego, en 1943, los comunistas han conseguido hacerse dueños de la administración, establecer un poder paralelo. En el campo se reproducía el dilema de todos los partidos, si ser revolucionarios o reformistas; ¿qué es mejor, esperar el día final del gran asalto o instalarse en los entresijos del poder e ir tomándolo sindicalmente? Tener el poder significaba tener la responsabilidad de los barracones, de los comandos de trabajo. En el recinto había 50.000 personas. Pero en realidad, del campo dependian los trabajadores de las fábricas del exterior, entre 100.000 y 125.000 personas, que trabajaban en la industria bélica alemana.
  —¿Qué fabricaban?
—Cuando yo llegué, los alemanes habían empezado a perder la guerra. El caso es que necesitaban grandes cantidades de armas y elementos bélicos que se construían en Buchenwald. Hacíamos carabinas, instrumentos ópticos y las Vl y V2 (bombas autopropulsadas, prácticamente invulnerables a la defensa antiaérea de la época).
  —¿Qué hacía usted exactamente?
—Yo era el único español que sabia alemán. Por eso estaba en el sistema de relaciones internacionales. Trabajaba en el servicio de distribución de la mano de obra, aunque otro servicio, de la SS, controlaba por encima de nosotros. Llevaba al día el estadillo de los muertos, los enfermos, los incorporados. Cuando se pedían fresadores para una fábrica, yo veía si los había.
  —¿Cuánto tardaron en conocer la noticia del desembarco?
—La conocimos el mismo día.
  —¿No antes?
—Desde que empezó la primavera se especuló sobre el lugar donde se produciría. Era el momento en que los soviéticos presionaban a los aliados para que abrieran el segundo frente, argumentando que todo el peso de la guerra recaía sobre el frente ruso. La polémica sobre la apertura del segundo frente la utilizaba la prensa nazi, que nosotros podíamos leer en el campo. Decían eso de: "Ves cómo no abren el segundo frente, ves cómo dejan a los rusos solos"; intentaban dividir a los aliados. Si en esos momentos yo hubiera seguido en la Resistencia, sí me hubiera enterado con antelación, puesto que la Resistencia tuvo que hacer labores para preparar ese momento del desembarco. Pero en el campo nos enteramos el mismo día.
  —¿Cómo fue exactamente?
—A las once de la mañana empezó a correr la noticia; a mediodía se sabía con certeza. Cuando los comandos de trabajo regresaron, la noticia se difundió entre los 50.000 deportados que vivían allí. Y al pasar lista ya lo sabía todo el mundo. Porque la gente salía a trabajar a las fábricas a las cuatro y media y no regresaba hasta las seis de la tarde, cuando teníamos el pase de lista. Era un momento que los nazis aprovechaban para practicar su sadismo, sobre todo si nevaba o hacía frío. En esos casos nos tenían esperando durante dos horas. Y como el rancho venía después y no habías comido nada desde las cuatro de la madrugada, imagina cómo esperabas que aquello acabara. El día del desembarco, la gente estaba allí, de pie, esperando pasar lista, pero ya sabían lo que había sucedido. Y por eso aquel pase de lista fue un festejo. Los alemanes, que se dieron cuenta, lo alargaron para castigarnos, pero, curiosamente, eso permitió que el festejo se prolongara. Se notaba en algo, aunque la gente estuviera firme y en silencio. Recuerdo que hasta los más derrengados caminaban llenos de empaque.
  —Había dos cosas que saber: que el desembarco se había producido y si había sido un éxito o un fracaso.
—Supimos inmediatamente que había triunfado. Desde luego estábamos al tanto de que el momento crítico era ése en que los aliados podían ser arrojados de nuevo al mar. Si sucedía así, no sólo supondría el fracaso de una operación, sino que tendría otras consecuencias, porque hacía falta mucho tiempo para preparar de nuevo la operación.
  —Para ustedes, ¿el desembarco significaba un inmediato fin de la guerra y, por tanto, su liberación?
—Ese día, ninguno de nosotros pensaba que el conflicto iba a durar todavía un año. Creíamos que a partir de ese momento iba a ir todo rodado. Las repercusiones morales que aquello tuvo en los confinados fueron buenas; las consecuencias materiales, en cambio, fueron malas.
  —Para los españoles todavía había algo más: desembarco, derrota alemana, salida del campo y fin de Franco.
—Claro. En Buchenwald había entre 100 y 150 españoles. Pero los españoles estuvieron confinados sobre todo en Mauthausen. Eran presos de las compañías de trabajo militarizadas que habían constituido los franceses en 1939. Fueron hechos prisioneros junto con el Ejército francés. Los alemanes se encontraron con una masa de españoles que no eran prisioneros de guerra y mandaron un recado al Gobierno franquista: ¿ustedes quieren a estos compatriotas suyos? Franco dijo que no porque eran rojos. Entonces los enviaron a Mauthausen. Los confinados en Buchenwald eran todos de la Resistencia; tenían experiencia militar de la guerra de España. Aquella lucha era la revancha de la guerra. Así que la secuencia que has planteado era la lógica.
  —La posibilidad de que sucediera lo contrario, que Franco permaneciera en el poder, ¿era tan impensable?
—Si alguien hubiera puesto en duda el silogismo de que, tras la victoria aliada contra los nazis, Franco caería y España sería liberada, se le hubiera tomado por un loco. A los españoles, los SS siempre nos llamaban rojo español, con el calificativo por delante. Pero ser español te protegía; la guerra de España era el gran mito del antifascismo. Por ejemplo, no solían ir a los llamados comandos exteriores, que eran lugares donde se estaba peor que en el campo mismo. Había un lugar especialmente duro; se llamaba Dora. Era una fábrica subterránea, cavada en la roca, donde se construían las carcasas de los cohetes Vl y V2, cuyos aparatos de propulsión se fabricaban en Buchenwald. Era un mal lugar, y la organización clandestina intentaba evitar que los cuadros de la Resistencia fueran en estas misiones.
  —¿Cada uno miraba por su gente?
—En un campo no hay más moral que ésa, que no es una moral absoluta; desde un punto de vista metafísico, fulano y mengano son iguales, y ambos tienen derecho a la vida; en épocas de resistencia, la moral es defender al que tenga historial de resistencia. Al preso que llevaba un triángulo rojo por haber hecho mercado negro no podías aplicarle los mismos criterios que al autor de un sabotaje contra los nazis. Sobre esto luego ha habido polémicas.
Los prisioneros rusos de Buchenwald fueron desde allí hasta los campos del Gulag. La teoría era que si habías sobrevivido es que habías colaborado con los nazis.
  —A partir del desembarco, ¿cambió la vida dentro de los campos?
—Primero pensamos que aquello estaba hecho, y luego vimos que no; que siguen los nazis, que sigue Franco. La vida de los campos empieza a ser peor, se acabaron los paquetes y las cartas. La guerra se prolongaba y las posibilidades económicas de la Alemania hitleriana eran peores. La ración empezó a hacerse hipotética. También se endureció la disciplina. Aunque, pasados unos meses, cuando ya se hizo evidente que estaban perdiendo la guerra, hubo un cierto relajamiento y hasta dejaron que la Cruz Roja visitara los campos.
  —¿Ustedes conocían la importancia de lo que se fabricaba en Dora, que esa arma podía cambiar la marcha de la guerra en los dos años finales?
—Sí, sabíamos que se trataba de las V1 y V2. Lo sabíamos tanto que fuimos nosotros quienes se lo comunicamos a los aliados desde el campo. Y el resultado de esa información fue que en el mes de agosto de ese año del desembarco, los americanos bombardearon las instalaciones industriales y acabaron con la producción en Buchenwald. En el mismo campo cayeron algunas de las bombas incendiarias. La información se pasó por conducto alemán antinazi y se hizo llegar hasta los aliados. Creo que debió de pasarse en torno a las mismas fechas en las que tuvo lugar el desembarco.
  —Cuando recuerda aquel tiempo de confinamiento, a pesar de todo, ¿aparece la aventura?
—Debo decir que nunca destaco sobre lo demás el hecho de haberlo pasado mal. Durante meses te faltó sueño, te sobró hambre, tuviste frio. Pasarlo bien, no se pasaba. Pero, dentro de eso, tienes 19 años, hay una enorme curiosidad por ver cómo funciona aquello y cómo sales. Te acostumbras a ver la muerte y a la idea de que tú también vas a morir.
  —¿Y desde entonces la acepta, le acompaña, no la teme?
—La idea de que vas morir y, al mismo tiempo, la de que eres inmortal son dos ideas típicas del ser humano. Siempre puedes pensar: alguien quedará para contarlo, ¿por qué no yo? Una idea se combate con otra, con la que te indica que de allí no sale vivo nadie. Incluso al final pensábamos que los SS arrasarían el campo. Yo era un privilegiado, trabajaba bajo techo, lo que no era poco; fuera había más posibilidades de que un imbécil te pegara. Aunque nunca sabes lo que la gente puede aguantar físicamente. He visto españoles bajitos, débiles en apariencia, que luego resistían, y a nórdicos que se hundían prontísimo. Moralmente sí que sabes quiénes son los que mejor resisten; son los que tienen ideales, sean religiosos o políticos. El creyente y el comunista era el que mejor aguantaba, mucho mejor que el agnóstico y el escéptico. Y es triste porque éstos son personajes mucho más simpáticos. Pero eso es en la vida normal. En situaciones de emergencia resiste mejor el que tiene un ideal. Aunque luego descubra que todo es una farsa.
  —Antes de que se produjera el desembarco se barajaban varias posibilidades: un frente en los Balcanes, un desembarco masivo en la costa italiana, y la operación tal y como luego resultó. ¿Qué posibilidad era la preferida en el campo de concentración?
—Lo único seguro era que el desembarco tendría lugar en la costa belga o francesa, y que eso decidiría el curso de la guerra. Nunca supimos el lugar exacto ni la fecha. Pero, aunque hablábamos mucho, las informaciones importantes estaban restringidas a la cúpula del aparato de clandestinidad. Por ejemplo, yo nunca supe de la existencia de un aparato militar entre los confinados, aunque agrupaba a unos cientos de combatientes, entre los cuales había bastantes españoles porque tenían experiencia militar reciente. Se tenía la previsión, absurda, de que quizá las circunstancias permitieran intervenir en la liberación del campo. Entrenaban los domingos, yo los veía, pero creía que hacían ejercicio para mantenerse en forma. Luego descubrí lo que eran, y que esta gente estaba armada.
  —¿Cómo habían logrado armarse?
—En la fábrica de armas se hacían dos cosas: el sabotaje y la recuperación; es decir, el robo. La recuperación no podía hacerse por carabinas enteras, sino por piezas. Luego el arma se montaba en el campo, en un taller clandestino. El sabotaje funcionó tan bien que el 40% de las carabinas fabricadas no llegaron a funcionar. Al final de la línea de montaje había un especialista metalúrgico que lo estropeaba todo con un último gesto. Y hasta que las armas no eran probadas, no se descubría. La recuperación se hacía por piezas. Iban apartándolas poco a poco, y así se llegaron a tener varios centenares de armas. Yo lo supe, y la mayoría, el día 11 de abril de 1945, que es el día de la liberación del campo. Llevábamos una semana sin salir a trabajar porque el Ejército de Patton estaba cerca y se oía el ruido de la batalla. En la mañana del 11, los alemanes dan orden de evacuar y es entonces cuando aparecen centenares de armas. Los deportados armados empezaron una marcha hacia Weimar, que estaba a seis kilómetros. Y los tanques americanos que iban hacia el campo se encontraron con que por la carretera bajaba un ejército armado de desharrapados. Fue emocionante.
  —La recogida de armas y el desembarco, ¿están relacionados?
—La mayoría de esas armas se recogieron entre dos momentos: el desembarco y la liberación. En el momento en que el desembarco triunfa, la operación se agiliza hasta el punto de que es entonces cuando se consigue la mayoría.
  —Un comunista de aquel momento, cuando veía que Stalin primero se alía con Hitler y luego con los aliados, ¿cómo lo justificaba interiormente?
—Eso no lo viví en el campo, yo todavía no era comunista. Pero los comunistas alemanes que estaban en Buchenwald ya estaban allí cuando Hitler y Stalin hacen el pacto. En el plazo de dos años pasan de ser aliados a ser perseguidos por los rusos, pero es que al mismo tiempo, por comunistas, eran perseguidos por los nazis; incluso hubo algunos casos de alemanes que llegaron al campo entregados por Stalin a Hitler. Era un tema difícil, no se hablaba mucho de eso.
  —Y usted, a pesar de eso...
—Las cosas se vivían de manera diferente, ése es otro capítulo. Cuando lo ves ahora te preguntas cómo fue posible. Pero a pesar de todo, lo fue.
  —Además, para colmo, Franco comulgaba con las ideas de Hitler, aunque se mostrara neutral y hacía como que no. Pero aspiró a estar con el eje, a participar del reparto del mundo que ellos propiciaban. Y los comunistas españoles que habían perdido la guerra en España veían que el gran Stalin se aliaba con los que ayudaron a Franco en la guerra de España.
—Franco mantuvo siempre su política antibolchevique.
  —Sí, pero lo que digo es cierto.
—Sí, sí. Cuando yo vivo en el campo, la situación se ha clarificado; el enfrentamiento entre rusos y alemanes ha vuelto.
  —Otra cuestión peliaguda pudo ser cómo se tomaban los comunistas alemanes las batallas contra su país, la destrucción de Alemania por parte de los aliados.
—Había matices, aunque ellos, en general, mantenían la tesis de la culpabilidad colectiva del pueblo alemán.
  —Una contradicción más, ésta para usted, es el hecho de que finalmente fueron los americanos, el enemigo imperialista, quienes le liberaran.
—Ésa es una visión muy posterior. Empieza a cristalizar a partir de la guerra fría. En aquel momento, ni siquiera entre los comunistas más dogmáticos había esa opinión. La visión que se tenía de Estados Unidos y del Ejército americano era la de una potencia y un Ejército democráticos, cuya intervención había sido decisiva para ganar la guerra.
  —Vayamos un poco más lejos; tras hacerse esa reconstrucción, convertido Estados Unidos en el enemigo imperialista, y dado que los americanos le habían liberado del campo de concentración, ¿vivió una cierta contradicción de tipo personal?
—Sí. Pero personalmente nunca he sentido el antiimperialismo comunista, nunca he sido antiamericano. Jamás lo había pensado, pero puede ser que, aparte de por otras razones, me influyera la circunstancia de que fueran ellos quienes me liberaron. El primer contacto con el exterior lo tuvimos con ellos. Sí, posiblemente eso ha tenido que influirme. Los últimos deportados antifascistas, que eran los yugoslavos, salieron de Buchenwald el mes de junio de 1945, y en octubre de ese mismo año el campo volvió a abrirse para encerrar a los anticomunistas. Luego los comunistas de la Alemania Democrática hicieron un museo y decían, sin entrar en muchos detalles, que Buchenwald había sido liberado por el Ejército Rojo.
  —¿Aquella época todavía le provoca pesadillas?
—Pesadillas extrañas. Muchas veces no son debidas al recuerdo de aquello, sino que parece que todo lo que ha habido después es un sueño, como si la única realidad fuera aquello. Ahora menos, porque han pasado muchos años. Durante mucho tiempo no quise escribir esa experiencia. Sabía que la única manera de no recurrir al suicidio era olvidar. Y lo conseguí. Hice una cura de amnesia, pero a partir del día que escribí el primer libro de mi experiencia de confinamiento, El largo viaje, todo ha vuelto otra vez. Así que mi cura ha sido relativa.
  —Se ha dicho que es imposible contar la vida en un campo de concentración.
—Tienes la impresión de que no cuentas la realidad. Ahora mismo, cuando hablaba contigo, me sentía como si lo que decía no tuviera sentido. Porque habría que contar tantas cosas que sucedían alrededor, y porque todo lo que dices es un reflejo tan pálido y mortecino de la realidad. Pero no es verdad, hay que contarlo una y otra vez.
  —Usted era tan joven en aquel tiempo que esa experiencia de campo, de guerra, habrá marcado definitivamente su personalidad.
—Como dicen los psicoanalistas, es la escena primitiva. Eso me enseñó una cosa banal y que se aprende sin estar en un campo, aunque allí se aprende más deprisa; que el hombre, precisamente por ser un ser libre, es capaz de todo. Del bien y del mal. Aprendes que es mentira que el mal sea inhumano. El mal, el sadismo, es tan humano como el desinterés. Entendí por qué dicen los teólogos tomistas que Dios es inocente del mal. Tienen razón, y eso se vuelve contra ellos en el sentido de que la libertad humana tiene la capacidad de inventar el mal.
  —Usted ha dicho a veces que le ha gustado siempre cambiar el rumbo de las cosas. ¿Eso lo aprendió en Buchenwald?
—Lo practiqué mucho allí. Aquélla es mi experiencia fundamental; creo que todo lo demás irá desapareciendo para quedar únicamente eso. Por eso digo que no soy ni español ni francés de verdad; que soy ambas cosas o ninguna de ellas; ni escritor de verdad, porque soy capaz de dejar la página de la novela que más me gusta para irme a charlar con un amigo, y un escritor profesional jamás hace eso. Lo único que soy de verdad es un deportado.