Nacido en 1951 en Buenos Aires, Javier Patricio Pérez llega a Barcelona en 1966 y, tras dos años a solas con la ciudad, hace amistades en el mundo musical de Gracia. Tras un año en Londres, vuelve a Barcelona decidido a dedicarse a la música.

Gato
Gato.

Gato Pérez llega a Barcelona en 1966 con quince años recién cumplidos. Había nacido en Buenos Aires y se ha embarcado en un transatlántico junto a su madre para reunirse con el padre, que ha abierto camino un año antes. Gato se enamora en seguida de la ciudad y dedica muchas tardes a vagabundear por sus calles, desde las Ramblas hasta el Tibidabo, pero no consigue estrechar amistades en el Padre Mañanet, el conocido colegio de curas barcelonés al que acude.

En 1968 Gato Pérez, por entonces Javier Patricio Pérez, se apunta al Instituto Menéndez y Pelayo en la rama de ciencias, empieza a hacer amigos y a satisfacer sus inquietudes musicales.
    La ciudad en esos años hierve; las callejuelas del barrio de Gracia son como Carnaby Street en Londres, lugares llenos de hippies que se reúnen en locales que pronto serán clausurados por escandalosos, pero que mientras tanto pinchan los singles y LPs que los clientes traen. Barcelona está a la cabeza de España en cuanto a vida nocturna y eclosión artística y lo seguirá siendo hasta bien entrados los ochenta, cuando en Madrid nacerá la movida.

Finalizado el bachillerato, Gato se traslada a Londres con la ambición de entrar a trabajar en alguna discográfica importante, pero acaba de mayordomo de Sir John Law. Gato habla perfectamente el inglés, porque en Argentina ha recibido una formación impresionante en todos los ámbitos: matemáticas, ciencias, lenguas y humanidades.
    Y así Gato no sólo consigue la plaza en casa del parlamentario inglés, sino que a su vuelta a Barcelona, sin aparcar sus ambiciones musicales, se apunta a la Facultad de Física.     Gato amaba hablar de lo que fuera, que se interesaba por mil cosas, que sabía enseñar Barcelona mucho mejor que muchos barceloneses de toda la vida, que conocía Cataluña como el que es de allí de veinte generaciones.
Y luego está su interés por los coches: quería hacer estudios de aerodinámica y mecánica, conocía toda la historia de la producción automobilística argentina y, finalmente, acabaría corriendo en rallies. Con Gato se podía hablar seriamente de casi cualquier cosa: él te explicaba lo que sabía y se interesaba por lo que le explicaras.